lunes, 16 de marzo de 2015

Cicatrizante

Todo era más fácil cuando me querías
escuchar,
cuando el no dormir era un problema de ambos, simultáneo.
Cuando el verbo “irse” no requería desplazamiento.

Supongo que la falta de raciocinio de ese “nuestro” tenía que culminarse así, con la mezquindad de su mismo principio.
Y no lo culpo, pues ya sé que soy propensa a albergar la derrota, y que te me volabas de las manos antes de dejarme asumir que éramos iguales.

No soy autoridad para responsabilizarme de lo que fuiste en mí, pero tampoco una mártir que se torture por ello.
O eso creería si la conciencia y la pérdida me dejaran coger aire y tragar saliva, sin que tenga la sensación de que todo me sobra en el cuerpo excepto tú.

He deseado que desaparezcas, y lo has hecho. Pero es insuficiente.
Las agujas que marcan el tiempo me están drenando en una diálisis infinita que me repite tu sabor.

He suplicado que te mueras, y entonces he comprendido que si lo hacías, estarías eternamente conmigo.
Ya se notaba mi falta de asiduidad en este purgatorio.

Me dijiste que nunca me mentirías. No a mí.
Y por eso me desnudé, como si me regalaras libros,
en cada uno de mis rincones descompuestos, como el que hay en mi cama.

No te lo reprocho, ya no importa. Se borrará tu presencia de mi piel, aunque haya que levantar la costra mil veces. Aunque queden cicatrices.
Las caricias, los besos y los pellizcos ya solo me hacen sangre.

Esto no es un epitafio para intentar que empatices con mis temblores.
Esto es el capítulo final de aquello que tú me dijiste que fue “el primero de todos”,
y que yo ahora cierro como el último de nada.

Porque es absurdo buscarme en aquella que te “hacía desvariar”.
Porque es necio quedarse en el constante echarte de menos.
Y porque es inútil sentenciar que te quiero,
más que a todo,

más que a nada.