martes, 23 de junio de 2020

Cosas que me aterrorizan 1. La memoria

Esta tarde, mi madre mencionaba lo bonita que era una lechera que compramos en Hungría, muy cuca, muy pequeña. Mi padre daba el atisbo de que, seguramente, fue comprada en el aeropuerto, cuando esperábamos a irnos y queríamos gastar toda la morralla que nos quedaba. Como siempre. Como todo el mundo.
Ella se lamentaba de que no se compró un pato que vimos en un pueblo, y ambos han empezado a darse la razón de cómo era el pato, en qué tienda lo vimos, de qué excursión veníamos y, como detalle importante, qué había hecho yo ese día. Por lo visto, me estuve probando un sinnúmero de abalorios comunistas de la época soviética en un mercadillo cerca de la tienda del pato. Me acuerdo porque tengo una foto con un casco de la URSS.

Y ya.

No obstante, recuerdo trivialidades, como que en ese viaje, un día, nos sentamos a comer con un matrimonio español y la mujer dijo, exactamente con estas palabras, que su marido «se toma el gazpacho en verano siempre antes de comer, como si fuera agua, porque le refresca». La estoy escuchando.
También recuerdo conectarme en el primer hotel al que fuimos, en una recepción vacía y cutre, a Tuenti, y ver unas fotos de mi ya entonces ex de posadolescencia con su nueva novia hechas con la cámara que le había regalado para su cumpleaños. Y sobre todo, recuerdo la rabia que me ardía por el esófago.

Y ya. Ni explicaciones de los guías, ni excursiones, ni muchos monumentos acceden danzando a mi memoria.


Anoche, mis padres mencionaban lo buenos que estaban los saquitos que nos pusieron en la comida de mi graduación. Sí, en aquel restaurante que yo me empeñé en ir. La Hoja (lo he tenido que buscar en Google).

Pero yo solo sé que ese día estuve delante del atril leyendo el discurso, aunque me veo desde fuera, como en las fotos, como en el vídeo. Desde dentro, desde mí, me veo escribiéndolo, preparándolo, pero no consigo tener el punto de vista de lectora, sino de espectadora, cosa que no ocurrió. Como si fuera más fácil imaginar un sueño que la realidad. Como si fuera más fácil una mentira que una verdad.



Con los recuerdos íntimos, aquellos que solo conozco (o creo conocer) yo, me sucede lo mismo, pero en aquellos compartidos, si alguien menciona un «¿te acuerdas de…?» o incluso da por hecho que lo sé, el no tener ni una reminiscencia es un precipicio insoportable.

Asiento con un sí y me dejo llevar de la mano por mi propia memoria vivida, entre un sentimiento de expectación por (re)vivir mi historia, y un esfuerzo tremendo y doloroso porque nunca llego a acordarme del todo. O llego a acordarme verdaderamente.



Hace dos noches soñé con Juan. Siempre que pasa (cada tantos meses hay una «noche de Juan», sin San) me despierto con el flequillo sudado y los ojos enmarañados en las legañas que, además, él me dijo una vez con cariño que eran graciosas. Con el cariño del final, claro. Es del único cariño del que me acuerdo, y me jode, porque no sé si es que antes no hubo, o si es que no consta en mi índice memorial.

Cuando tengo noches de Juan siempre paso el día pensando en él, o intentándolo. Y le tengo que buscar para ponerle cara y memorizar de nuevo todas esas fotos que vi tantas veces cada día. Pero si me meto en los recuerdos y me arrullo en ellos, solo están los del final.

No recuerdo lo primero que nos dijimos. No recuerdo la primera cita, la primera conversación. Solo el café, el pretexto, los libros de Truffaut y el polvo acumulado entre ellos.
Sí recuerdo las flores secas de su entrada, lo que comimos el día que hizo su primera entrevista de trabajo, los nombres de sus perras, o su forma de andar.
Pero no recuerdo su olor, no recuerdo la postura que cogía para dormir, o el color de sus ojos (un color que sí recuerdo que podía llegar a ser de tres tonalidades. ¿Verde de noche, gris de sol, azul de pena? No recuerdo cuándo su corazón cogía cada uno, o cuándo los cogía el mío).
Y no recuerdo cuándo me dijo que me quería, aunque tengo la consciencia de que lo dijo. Espero. Sí, seguro que sí, al final seguro que sí.


Ese final del que sí me acuerdo que me susurró que mi mirada era de tan enamorada que no había visto nunca a nadie tan guapa. Guapa por amor.

Recuerdo que pidió que me fuera allí a vivir, me confesó los hijos que quería tener conmigo, que fantaseó con que los querría llevar a la montaña. Y que también habría que traerlos a mi pueblo.

La montaña. Y venga a sonar I need my girl.


La montaña es donde me reveló que quería que esparciesen sus cenizas cuando se muriera. Y que eso solo lo sabría yo.

Aún lo sé.

Y cuando se acabó, ambos nos preocupamos por lo mismo.

«Si me pasa algo, o si te pasa algo, ¿cómo nos enteraremos? Necesitaría saberlo, o necesitaría que lo supieses».


Aún lo pienso, me acuerdo, aunque no esté él para llevarme de la mano por mi memoria. Pero claro, él nunca quiso cogerme de la mano.



Y en el fluir de mi conciencia todo se torna en un fundido a negro agónico, apagado, redundante. En una fosa que cada día pierde un poco más su nombre.





miércoles, 25 de marzo de 2020

«Si escribo una novela de chicas millenials alicaídas pero satíricas, pondré que siempre te tenía que pedir que me liaras un piti a la hora del cortao».


No paramos de hablar y escudarnos en que la vida que tenemos ahora, en los veinte, los pretreinta, el periodo de entreguerras postuniversidad y becariados y trabajo de sueldo medio alto para unos, bajo para todos (entreguerras es esperanzador) se acuesta y mueve en la inmediatez. Lo quiero todo ya, pero no quiero ser como todo el mundo que lo quiere todo ya. Me siento una majadera.

Todo me perturba y me lo exploto como una espinilla menstrual que me hace sentirme joven y asquerosa, por tener una piel púber, pero a la edad que me parió mi madre.

Voy pedaleando en el carril hasta los topes de patinetes con jinetes en traje y me hago una lista mental de la cantidad de nimiedades que me inyectan polución emocional. Que me rallan. Que me rayan. Nunca lo sé.

-Los pelitos de la barbilla tiesos como una estaca, los enquistados en las cejas, las cuatro canas que no se tapan con el tinte, las ojeras que Oliva soluciona con pinchazos de ácido hialurónico cuando cobremos el plus (¿qué plus?).

-Fumar, habiendo empezado hace un año. Que no me apetece, pero sí, y con cada cigarro me imagino minipartículas amarillo cagueta tintando mis dientes y una especie de monstruo coronaviral colonizando mis pulmones. Y entonces voy al médico, mucho. Y digo que no fumo, casi que no.

-No quiero conocer a más gente, pero si se van todos en el fin de semana soy un tigre metido en un zoo. Y tú ya no estás. O sí. O solo a veces. Y duele, muchísimo. Muchísimo.

-Los libros que no me leo, todos los libros que quiero comprarme para no tener tiempo para leer, para no poder recomendar, influenciada por lo que leen otros. Pensando en que no me caben más en las dos tristes baldas de mi habitación, pero el ochenta por ciento de ellos están sin estrenar. Pienso en aquella frase: «Me gusta la cerveza y hablar de libros que no he leído». (Te lo has leído todo. Me has leído hasta a mí. Para bien, y para mal).

-Porque trabajo leyendo cosas que no me interesan, ni a mí ni a nadie. Leyendo mientras me aprendo las canciones de Cigarrettes After Sex que luego no cantaré en el concierto porque no iré. Poco leo, poco me aprendo.

-El curso de chino sin ir a clase, el curso de veterinaria para creer en otra oportunidad laboral que quizá me haga más feliz («poder leer lo que me dé la gana y vacunar perretes»), las clases de pole después de tres años en las que solo voy a pasármelo bien, porque no me frustra nada parecer un chorizo; el curso de ukelele nunca empezado y la falta de agilidad en los dedos, el curso de costura abandonado para remendar un botón, el curso de canto con afonía pitillera e ínfulas de corista de verbena. Dos carreras, dos másteres, dos mil cursos. Papá, tengo titulitis, ¿eso también viene de que somatizo la ansiedad?

-El sexo. Fantasear constantemente. Constantemente. Tener que tensar el cuerpo muchísimo y no poder moverme apenas hasta el ataque de asma para poder correrme y tener vergüenza de me quedo demasiado quieta. Cansar. Fantasear constantemente. Y desearlo, hasta la vergüenza. Constantemente. Contigo.

-La lejanía de casa, el aburrimiento en casa, la morriña y el hastío. La envidia de la estabilidad y el miedo a la monotonía. A caballo desde 2009, sin tener ni puta idea de qué querer.

El pánico al paso del tiempo, y el pánico a la inmediatez. El pánico a que pasen los días en mis padres sin verlos, a que pasen los días en el trabajo medidos por proyectos y no por motivación, a que pasen los días de mi vida sin ti. De mi vida sin mí.

Soy una pretenciosa.




Y Jorge dice que nos montemos una librería-panadería-porlanocheclubdelsexo, o que plantemos marihuana en un convento en Soria. Los martes y/o los jueves de 19 a 21 es el programa de disertaciones sobre la búsqueda del éxito (éxito como estabilidad más que como ascenso) del grupo de cuatro amigos que vivimos en el barrio. Vivir con uno, trabajar con el otro, poco nos podemos contar ya. Pero qué bueno está el hummus, el fuet y las dos botellas de vino que nos cascamos. 
Y la risa, hostia, la risa esa inmediata, como cuando ves un meme de Bisbaldoingthings.

Y ni tan mal.




[[Preocupaciones a.d.C (antes del confinamiento)]]

jueves, 13 de febrero de 2020

XI.

Me perdí.

Llenos de abrazos, la garganta temblando, tú no sientes las manos, yo no sentía tus manos.
La casa se tambaleaba en el fango, sin alquiler, sin mis piernas como columnas, con los pulmones encharcados de kilómetros.
Sin tener más cabida en las costillas que el empeño envuelto en miedo.

Me perdí.

Los 'nunca' y los 'siempre' formaban parte de diferentes sintagmas. Pero me perdí, en una risa estúpida, donde todo lo que defendía colapsó.
No fuimos iguales, y el amor nos balanceaba.

Me perdí.

Y te encerré para no pasar las horas sin poder volver a oírte, sin atrasar el reloj cinco minutos más para despedirme. Para no vivir arrastrando el recuerdo de las acampadas, los poemas y esos segundos en que el mundo era hermético en un «te estoy queriendo muchísimo».

Me perdí.

Te había echado de menos, te estaba echando de menos, y ahora esa añoranza no llega ni a la mitad de lo que te estoy echando de menos. Y de lo que te voy a echar.

Me perdí, me equivoqué, me engañé.

Nadie se hubiera quedado conmigo. No pensé que tú tampoco. No lo creí,
y te perdí.

Los labios se me agrietan, arañados por las uñas que ya no me quedan. Como tampoco me queda tiempo, aunque fuera lo que nos sobrara. Para hacerlo, para intentarlo, todas las veces, todos los días.
Me he quedado sin los usos del presente del subjuntivo, al 'ojalá' ya no le acompaña ningún verbo.

Me perdí, en llamas, como me querías, pero sin volver a nacer.
Me perdí, y aunque te busque, ya no me encuentras.



Y lo siento, y lo siento, y lo siento.
Lo siento.