domingo, 13 de abril de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 3: Casandra

Siempre estaba lejos pero nunca ausente. Daba pasos sosegados entre todo aquello que la rodeaba, sin hacerse notar pero sin huir del todo. Le ocurría desde muy pequeña: para ella el placer era poder estar sola sin necesidad de exponer a los demás su epitelio protector. Era un límite demasiado poderoso hecho por ella y para ella, ¿para qué compartir un espacio tan frágil si peligra a difuminarse entre lo ordinario y lo común de la interactuación? No lograba entender por qué la soledad tenía tantas connotaciones negativas. Disfrutar era sinónimo de imaginar, y con cinco años era inalcanzable el poder explicar la suficiencia de estar consigo misma.
Pero tuvo que crecer intentando evitar su propia filosofía, estudiando al detalle la comunicación. Los intercambios colectivos a veces se hacían demasiado voluminosos y el deseo de desaparecer fulgía en cuanto se cerraba un ciclo.
Sobrevivir a la variedad de las relaciones humanas, receptivas y desconcertantes, es una tarea exhaustiva y agotadora para quien se retroalimenta de sí mismo, que se busca bajo el cuello de la camisa las respuestas a cada frase, a cada mirada, a cada adiós. Y cuando la comprensión es burlada demasiadas veces, uno opta por desintegrarse para ahuyentar el dolor.
Pero ni aunque lo ansiara podía estar totalmente sola y aquella noche, en aquel conato de evaporación, Beatriz se lo demostró.
Y no hay hastío si constantemente hay presencias que apelmazan caricias y consuelo en la más completa clausura.





(There is still hope.)

domingo, 6 de abril de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 2: Minerva

No creo que nadie se haya nunca parado a pensar alguna vez en la forma en la que llegó a conocer a cada una de las personas que han pasado por su vida. No, ni mucho menos. Es más, a la gran mayoría las olvidamos, y al resto que queda las clasificamos entre “los de siempre”, “los de hace poco” y aquellos que “vaya putada no poder hacerlos desaparecer”.
Hiponimia social inconsciente y egoísta.
El paso del tiempo quiebra poco a poco la certidumbre de nuestros recuerdos hasta difuminarlos en lo que fueron (o no fueron). Es la mezcolanza irremediable que el desgaste senil nos regala.
En su caso, siempre se había sentido aturdida, a caballo entre el sueño y el mundo tangible y agotada por el miedo ya no de perder lo que uno tiene, sino de perder lo que ya no se posee. La esencia del recuerdo es tan vana y frágil como la cadera de un octogenario y la consumición de la rutina impide cada vez más la re-estructuración de nuestras capacidades. Padecía por asentar sus decisiones en el pasado, condicionando al devenir de sus agravios anteriores.
El presente era la (no) base de su nihilismo.
Pero aquella reminiscencia tan sumamente nula, imposible ni siquiera de hacer un esqueleto con sus anécdotas más dudosas le hacía siempre llevarse una sonrisa a la boca. Podía vivir de ella sin necesidad de arrastrarse hasta los orígenes de sus coincidencias. Porque el no recordar cómo había conocido a Esther le regaló la amnesia de un cariño ilimitado que la hizo inmortal.




(A mi escudo protector de la amenaza temporal)

viernes, 4 de abril de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 1: Gala

Le decían constantemente que no podía evitar las recaídas, y que no importaba que tuviera que depender de pequeñas dosis químicas para acercarse a la felicidad. Era una felicidad artificial pero, a decir verdad, ¿podría ser algo más que una mera consecuencia de varios elementos artificiosos superpuestos? Ella por lo menos podía explorar los colores de aquello que le proporcionaba “bienestar”. Pero a pesar de aquella actitud pragmática y natural, el tener que tomar pastillas para no ver cómo su rostro se deshacía frente al espejo le resultaba innecesario. Cuando las sentía sobre la lengua, saboreaba la asfixia necesaria para la tranquilidad ajena.
La desconexión de sus preocupaciones.
Desde que veía la misma caja todas las mañanas los estímulos para posicionarse sobre el papel se habían esfumado, y las ficciones-realidades que residían en su interior sólo aparecían de noche, durante el sueño cada vez más eterno. Le habían cambiado la medicación: Ahora eran los antidepresivos los que intentaban alcanzar lo que la escritura ya no conseguía curar. Se había hecho inmune a las palabras.
Toda ella se repartía en otro cuerpo, al igual que todo aquel otro organismo se extendía en ella de forma recíproca. Ambos caminaban por la misma senda de incertidumbre, y ese otro cuerpo cuyo nombre era Mireya tenía la respuesta (que no la solución) para aquel sufrimiento compartido y único:
Sentimos la vida más que el resto.





(A mi hermana-osa-polar)