jueves, 24 de octubre de 2019

X. Sin facturar

10.034,49 kilómetros.
Son los números con puntos y comas un sinsentido y malherido olvido para las habitantes del subsuelo de mis costillas.

Extremadamente exhaustas, buscarán la empatía en pantallas y respuestas en las cunetas.
Porque la memoria es un paredón con sangre seca de coraje, 
con pelos desraizados y una atmósfera que entra en los pulmones gris, plomiza, deshonesta.

Increíblemente ignífugas, se darán de hostias para que se me recoloque todo el pasado,
y así el futuro será más expugnable, con poemas radiantes y comida a domicilio.
Porque leen que dónde estarán dentro de unos años, 
y el idealismo es una metralla que estalla en perdón.

Hay rabia, cansancio, pena, compasión. Ilusión. Son demasiadas, 
más niñas que antes, 
participando en esta guerra contra el tiempo y la distancia.
Qué suerte que todas sean del mismo bando, que todas se estremezcan al escuchar Opera House, con los ojos cerrados en el Palacio de la Música.

Volviendo.

Vamos ya, al mismo lugar. La huida y el refugio son la misma maqueta.

Volviendo. Ya no esperamos.

10.034,49 kilómetros.
Son los números con puntos y comas evaporados en un día soñando por encima de los continentes, por encima del dolor.

Que duele, pero no pasa nada.



«Te quiero, porque apareciste».





jueves, 17 de octubre de 2019

14 de octubre de 2019 - Día de las escritoras


El lunes se entregaron seiscientos mil euros a un hombre.
A un hombre, otra vez. A un hombre, por supuesto.
Mientras, la calle empezaba a hervir,
y cuando nadie sabe nada, todos saben de todo.

Unos, «esta vez votaría al sí».
Otros, «mandaría a la legión».
Y en la radio, Els segadors y El novio de la muerte,
forman parte del mismo LP de Los Planetas.

«¿Cómo estás? Ten cuidado»,
la cantinela en mensaje instantáneo.
Mientras, tiemblo por si me queman los pedales,
y cuando no sé nada, tengo que saber de todo.

Los furgones echando espuma,
los chiquillos echando fuego.
Los extintores caducados
de hace siete años, de rabia.

Las cacerolas se hacen barricadas,
y las banderas se lanzan embotelladas.
Mientras, me da miedo no poder coger el avión,
y cuando han de saber de todo, no saben nada.



Els carrers serán sempre nostres,
siempre que paguemos el alquiler.
Siempre que por la mañana todo quede limpio,
que vienen los de fuera
y anoche se os cayeron las colillas.

Y ya no son horas, vete a dormir,
o mejor aún, vete a trabajar.
A dormir mientras arde la cruilla de enfrente,
y a trabajar para que el año que viene
otro hombre se lleve seiscientos mil euros.


Y el muerto sigue, calentito, en el hoyo.
Y el vivo, cada vez más calentito, en el yugo.
Nadie sabe nada, ni todos saben de todo.