viernes, 15 de febrero de 2019

VII. El universo está a 40 grados y no tiene detector de humos



mónada

                                                                      nombre femenino
                                                                      En la filosofía de Leibniz (filósofo alemán, 1646-1716), ser simple e  indivisible que constituye en sí una imagen esencial del universo.




Delicada y frágil se posa la tórtola en el arbolito de mi jardín, hasta que una perra, juguetona y madrugadora, la espanta con el taconeo de sus patas contra el suelo.
Involuntariamente sutil.

Con cuidado, retrocediendo 20 años atrás -o más- mi madre posa su mano sobre la manta de los inviernos, la que no pica, desde mi cuello hasta mis tobillos, para resguardarme del frío en la siesta. Eternamente infantil.

Despacio, cálido, suave, con olor a caramelos de leche que no me hace apretar los puños, pero sí chirriar los dientes, es el posar en mi pecho la última niña de mis apellidos. Mofletuda, pequeñísima, ajena a mí, y ajena a todo mal.
Increíblemente feliz.



Qué bonito se posa la tórtola,

qué pausado se posa mi madre,

qué dulce se posa a la niña.



La oda a los pequeños detalles, a la ternura del hogar, al recuerdo, era un comienzo de comparación donde ir a buscarte.

Porque es bonito cómo tus dedos se posan en mi muslo y acarician la tensión de mi miedo al pasear sin mirarte 200 kilómetros. Hoy.

Es pausado cómo tu boca se posó en mi vida y me sacó el alma del revés que, desnuda de vergüenza, se ha mudado a vivir contigo. Todavía.

Y es dulce cómo tu poesía se posará en mi rodilla y me dejará con la mente embotada de humo blanco y palabras que no hace falta articular. Siempre.

Hoy, todavía, y siempre, haciendo que la plenitud sea tu cuerpo tumbado junto al mío,
y quitarte las gafas porque te has quedado dormido.

Todavía, hoy, y siempre, sintiendo que la gracia del mundo entero bombea mi sangre desde dentro de ti, con un beso que dura más que toda la música.

Siempre, siempre, y siempre, siendo consciente de que no hay comparación, de que no hay que ir a buscarte, de que no hay oda a un recuerdo.

Porque tú, siempre, eres la felicidad de saber cómo soy:

increíblemente feliz.












lunes, 4 de febrero de 2019

III. Trance

No me digas que vas a tirar de mí y vamos a explotar.
Yo no soy el verano que odias,
ese sin determinante artículo determinado.
Ese de cantar "por favor, déjame hacer lo que yo quiera" cuando nadie prohibió nada.

No me reproches que me fumo tus horas.
Si depende de ti que tenga o no abstinencia, y sabes que no me trago el humo.
Yo solo te buscaba para hacerme daño,
pero te has empeñado en que me moje el pelo en tus hombros
y que escucharte, olerte, mirarte, tocarte y comerte
me tengan aterida por no llegar nunca a secarme.

Si es que yo no tengo la culpa
"que la culpa es de la tierra".
Me sale solo parafrasear al poeta,
como si no tuviera palabras
cuando hablo con las piedras,

cuando hablo con el viento,
cuando hablo con el frío, con el tiempo
que me ha dejado sin aliento
desde que supiste del hueso de mi cadera.

Como si palabras no tuviera,
da igual que le cambie el orden.
Reiterativa, repetitiva y reincidente,
releyéndome cada día para ti.

Que me sientes y me das de hostias con todo lo que ya sé y presumo de ello.
Y te las devuelvo, hasta que abrimos los párpados y está todo el amor tirado por los suelos.

Y a ver quién limpia todo esto.

Que quieres más. Saber más. Estar más. Ser más. Más para ti.
Un egoísta que se puede ahogar
y yo hace años que no buceo.
Y no aguanto. Y no puedo. No puedo.
No puedo.
No quiero.
Que no.
Que no.
No.
No.
No.
No.




















                      O sí.
                      Sí.
                      Sí.
A ti
sí.



Te escribí como 40 poemas esta semana, dijiste.

Te deseé como 40 veces este día, digo.

Bueno, 40 veces no.




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