martes, 27 de mayo de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 6: Alejandra


Conocía esos momentos en los que el tiempo se tensa y desencaja los huesos, en los que uno tiene que detenerse frente a una puerta que se abre al renacer. Estiraba los segundos aunque doliera –siempre fue muy flexible-, porque no le importaba desquebrajar los límites de la física si podía evitar un poco más el posarse sobre lo desconocido. Pero la inevitabilidad del círculo vicioso en el que las horas se alimentan le obligó a asomar sus ojos, que salieron a hurtadillas por un pasillo vacío, exento hasta de aire que sus pestañas pudieran respirar, que despeinara sus labios alborotándolos en forma de sonrisa.

Escuchó un tintineo, un vaivén de cuentas que se columpiaban de una nuca que hacía que la escala cromática se fundiera en un solo color. El color de la madera que celebraba el decorar el cuello de su portadora.

Le hizo sentir alivio, y mientras se iba aproximando hacia aquella imagen sonorizada por sus propios abalorios, se fue desvaneciendo la necesidad de protegerse en el anonimato. Volvía a suspirar después de haber estado inhalando las motas de polvo arrancadas a mordiscos en la desesperación por devorar las cuatro paredes de aquel cuarto.

Un “hola” sencillo, asustadizo pero empujado con toda la fuerza de sus pulmones se presentó ante ella firme, con la mano extendida hacia sus oídos.

Podría admitir que todavía no había aprendido las palabras que definirían ese saludo pero ahora, cuatro años después, se permitió el lujo de describirlo:

Cada vez que Bárbara pronunciaba un fonema, éste se proyectaba hacia su boca y explotaba la ambrosía de un sabor único y tierno que sólo que puede apreciar si procede de aquellos que te quieren (y que te querrán). Y así le dulcificó su nueva vida.







A la "Eva" de nuestra pequeña familia

domingo, 25 de mayo de 2014

Trailer

Te quiero.








Próximamente, en los mejores rincones de tu piel.

martes, 20 de mayo de 2014

Postales Presonalizadas // Capítulo 5: Matilda

Admiraba cada palabra que conformaba el tropel sonámbulo de su cabeza, parroquiano más habitual de un hemisferio que de otro (al caos le gusta emborracharse de emociones).
Ella estaba tan confusa que sólo podía encontrar una explicación si tenía fe por primera vez en su vida y creía en que había algo más allá del entendimiento. No era arte, no era talento, no era magia. Era divinidad.

Tal esplendor emanaban todas sus maravillas a las que llamaban "rarezas" que, sumado a la incertidumbre de no saber cómo expresarse frente a su rostro, embriagaba su cuerpo de sacudidas que le atemorizaban y, a la vez, le hacían sentir su protección. Se mostraba frágil ante tal portento creador de belleza, de la más gran belleza, como Sémele abrasada al calor de la perfección. Y eso le daba una felicidad atroz, un miedo eufórico y demencial.
Desorientada sobre la cama desde donde veía el borde -el abismo-, le suplicó con gotas de temblor que le dejara deslizarse horizontalmente. Las sienes le desequilibraban, pesadas como yunques que estallaban tras sus ojos desde donde el cariño nacía con forma de manantial. Y las palabras, único escudo imperecedero, se habían desvanecido entre los parpadeos centelleantes que se evitaban entre ambas.
Se tumbó, y ella le reiteró. Nariz helada contra manos escondidas.
Les separaba una barrera incorpórea de centímetros que las alejaba años luz. En un lado la inseguridad, en otro la culpabilidad. Ella observaba desde su parte de la frontera como aquel niño que está a punto de notar la lluvia por primera vez y que vislumbra, tan lejos y tan cerca, aquello que sabía que existía pero que era una verdad negada.
Realidad cubierta de un plúmbeo velo contra el que sus fuerzas eran insuficientes para destapar.

Pero su agitación, todo nervio, traspasó tanteando cada movimiento de su boca para no fallar en nada de su petición, estirando los brazos hasta el infinito de aquella ciudad hecha de sábanas. Reclamaba serenidad y respuestas mudas; imploraba la cura de aquellas heridas putrefactas que la oscurecían por dentro como un torbellino ilimitado de la mismísima Laguna Estigia.

Y destruyeron el muro con las mil revoluciones en las que palpitaban, sin más sonido que el encaje de sus extremidades y el eco metafórico de una música de piano.





"Sputnik, mi amor"

miércoles, 14 de mayo de 2014

Postales Presonalizadas // Capítulo 4: Eduardo

 El proceso de creación siempre es complejo, e incluso desesperante, hasta que se alcanza la idea anhelada. Vueltas y vueltas sobre la misma disposición de hacer algo sin saber qué. Eso es lo que le ocurrió a ella con él.
Primero le vio, le proyectó y le deseó; pero le tuvo que inventar a base de rumores e imágenes filtradas por la selección de anónimos ajenos al interés de su indagación.
Después le habló, y su ilusión pareció encajar perfectamente con la realidad.  No dejaba que se diera un solo paso que ella antes no le hubiera planteado a su mente cómo debía producirse.
Luego le tocó y pudo ser capaz de afirmar que le conocía, sin darse cuenta de que no había abandonado en ningún momento el estatismo en el que la imaginación  le mantenía, flotando con los músculos agarrotados y exasperando suspiros que empañaban la ventana que daba hacia la mañana. Maldita mañana.
Lo que ocurrió más tarde fue rápido, que no fácil. Como un corte perfecto hecho con un folio nuevo. Le olvidó. O simplemente le arrinconó en aquella galería mental que sólo se abre cuando se va buscando y revolviendo algún momento concreto hasta que el error demuestra que no era ahí a donde se quería llegar. Y se desempolvan, con tacto minucioso y nostálgico, las figuras besadas y los rostros acariciados, a los que apetece volver a transitar sobre ellos -porque con los recuerdos se consigue cortar la noción del pasado-, pero que no son más que las reliquias de la propia intrahistoria que se rebajan a ser una mezcla de la ficción que fue construida y la realidad que sigue difuminada.
Y fue entonces, en la disección entre el convencimiento de su existencia y el ansia de hacerle desvanecer cuando decidió que podía volver a crearle. Le deshumanizó en la experiencia que le hizo sentirle más humano, fuera de su invento. Y pudo ver su organismo en movimiento gracias al trazo de las letras, su respiración en cada espacio y su pelo en cada arruga del papel. Para siempre.

Gracias, Samuel.
Por ti pude hacer que la eclosión de tu persona y mis sensaciones una noche concreta pudieran ser inmortales e igual de perfectos que cuando se dieron lugar. Que la literatura se hiciera vida: Parte de mi vida. Parte de tu vida






Y que retornaras

miércoles, 7 de mayo de 2014

Piromanía

Soy completamente inflamable desde que me rociaste con tus palabras, pues tengo el corazón tan hinchado que una chispa provocada por tu saliva me convertiría en lenguas de fuego que devorarían cada esquina de mi cuerpo, cada vértice de mis delirios.

Y sólo quedarían cenizas que se esparcirían por tu paladar, ardientes de combustión, ardientes de ira por obligarlas a tener sabor a “no te quise nunca”.




jueves, 1 de mayo de 2014

Queda terminantemente prohibido expresar algún tipo de sentimiento.

...Sigue hablándome por favor, pues cuanto más me digas más destrozada me dejarás al acabar la conversación. Pero así podré sentirte cerca, acuñando mi corazón como si fuera tuyo (siempre ha sido tuyo). Y me quedaré sin ganas de tragar saliva, de respirar, de latir.

Porque es así como consigues que se enaltezca mi perspectiva de estar viva y de crear la belleza que ambos conocemos: la que tú haces posible y yo reconozco y reproduzco bajo tus palabras de ignorancia que me llenan de amor...