jueves, 21 de marzo de 2019

IV. Se me está viendo la otra

Entra por la puerta y se quita el maquillaje,
y la ropa interior bonita.

Dice que está rabiosa.

Se pone a leer. A leerse debajo del flequillo.
A morderse los labios, a tensar las piernas,
a llenarse las manos
y todo el cuerpo
de dedos.

Dice que está envidiosa.

Se mira la piel, de nácar. Que la de la otra es de azucenas.
Se toca los codos, y las rodillas. A la otra le duelen los antebrazos, y las muñecas.
Escucha canciones, que hablan de tumbarse en el mar. La otra se tiende sobre caracolas.
Desentona, ensordeciendo sus propios agudos. La otra sabe cantar sin abrir la boca.
Escribe rojo sobre blanco, corrección ante creación. La otra es concursante de poesía.

Y campeona de poesía.
Y poesía.

Dice que está celosa.

Ella tiene miedo, y duerme mal, y tiembla cuando sale de su casa.
La otra es implacable, y poderosa, y tiembla cuando entra a tu casa.

Tiemblan.

Porque no se tienen en pie cuando piensa, una, o recibe, la otra, tus besos.
Ni saben hasta dónde pueden, una, desearte, la otra, tenerte.

Tiemblan,
de ansia, de terror, de risa, de amor,
de espacio, de tiempo. Por querer. Por quererte.
Te quieren
las dos, vestidas de Salinas, pero sin pisar la playa.

La una, porque está rabiosa.
La otra, porque está contigo.
Y yo las miro y les recito.

Pero solo atienden cuando tú las dibujas.
Con el pelo del color de una moneda antigua,
llenas de topos,
de caricias,
y de sueños.

Caóticas. 
               Preciosas. 
                              Enamoradísimas todas.

Ellas dos. 
               Nosotras tres. 
                    
 Y todas las millones que habitamos aquí.





Inspirado en «Se te está viendo la otra», de Pedro Salinas (La voz a ti debida, 1933)


viernes, 8 de marzo de 2019

La Bubún

La Bubún era una niña a la que tenían que llevar con una bruja para que dejase de gritar.
Una niña que planeó fugarse de casa con una amiga, pero que fue la única que tuvo valor para hacerlo.
Una niña de cuento, de esas que pueden vivir todo tipo de aventuras, de esas que hacen magia con los ojos.

Pero la Bubún tenía que crecer, pues ya se sabe que ni el mismísimo Peter Pan vive en la infancia eternamente.

Así que la Bubún creció, de niña a mujer.

Y entonces empezó a gritar, porque sabe cantar y su risa es capaz de destruir a todas las brujas.
Y planea fugarse de casa sola, para conquistar el Amazonas, volar en bici por el desierto y dormir tapada de estrellas.
Y las aventuras y la magia descansan en una maleta transformadas en recuerdos que no tienen fecha de caducidad.

Pero la Bubún aún tenía que crecer más, porque el cuento se convirtió en batalla.

Así que la Bubún creció, de mujer a heroína,
con el pelo tan largo como los ríos que navegaría,
y el corazón tan grande como el océano que cruzaría.

Fuerte, hermosa y única.

Y nosotras, aunque estamos lejos, y aunque también somos unas amigas que no la acompañaron a fugarse de casa, esperamos su regreso.
Para que nos cuente sus cuentos, para que nos hable de todas las batallas ganadas, y, sobre todo, para volver a sentirla crecer.






Para Cami. Y para todas.