martes, 26 de julio de 2011

Y que retornaras...

Algo me perturba el sueño, notando como se despega una mano que, al parecer, había atrapado con suma delicadeza ese arco que se forma en mi costado.

No veo nada, no distingo esa voz, pero vuelvo la cabeza y, completamente a oscuras, sus labios apretados juegan buscando saciar su instinto primitivo del reciente despertar.

En décimas de segundo paso de confusión a convulsión, del pánico al paraíso, y de ambientar mi nariz del aroma de la lujuria más latente…

Respiro. Creo que sabe que necesito asumir que, por fin, está ahí. Estoy aturdida. Enciendo una luz tenue y gracias a ella puedo divisar cada uno de sus relieves, que con el tacto se transforman en música que se disipa en su constante levantar de cejas.

Tal debe ser mi cara un híbrido de espanto, sorpresa e inocua felicidad que su reacción sólo me deja atisbar pequeños reflejos en su mirar, controlador pero inocente. Y eso es lo único que veo: unas pupilas, brillantes y hambrientas.

Cogida por una de mis corvas me encuentro buscando en mi mente esos mundos inexistentes hasta ahora, sin reaccionar que la realidad está siendo tejida con una manta de besos por el pecho y que no me deja volar al subconsciente porque sus manos agarran mis brazos. No me puedo escapar.

A pesar de que estoy gozando de cada efervescencia de este instante, soy capaz de dividir el tiempo de tal manera que se hace eterno, que huye de miedos y vergüenzas.

Y sólo importa el silencio palpable entre nuestros dientes cuando se separa para pensar qué deparará el siguiente segundo, pero instintivamente vuelve a zambullirse sobre mi rostro, que se enrojece y palpita al son de sus pulsaciones.

Hemos pasado en unas horas de ser anónimos físicamente a ser un único movimiento.

Se acelera con una locura ilimitada. Para. No me he percatado de mis propios deseos cuando me vuelve a encaminar contra sí.

Cada contracción es digna de un estrepitoso aplauso mundial.

Saboreo los colores, palpo nuestro ritmo, oigo su piel. Y en esta esfera suprema de esta ciudad trasnochadora, sin previo aviso, nos condenamos a un frenazo que se mezcla con un tropel de sensaciones, hijas de los elementos que originaron el universo.

Y no hay nada comparable con el abrazo con el que me recuesta a su lado después de haber aspirado de nuestras propias bocas el aullido del placer.











Y aquí, la aportación de mi puño para el fanzine ATIUSTE #1:SEXO.

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