domingo, 13 de junio de 2010

Corte transversal o el movimiento agitado de una espina dorsal

Los párpados recubren mis pupilas, noto mis labios entreabiertos; sólo un atisbo de mis dos dientes puede verse como las estalactitas de una cueva de la que sale mi respiración: rápida, cortante, fría como un témpano de hielo y acompasada con los latidos de mi...¿corazón?.


Las rodillas me tiemblan.


Cogerme los trasquilones del flequillo con la punta de los dedos para posar mis huellas dactilares sobre mi frente parece que apacigua el terremoto.


El paladar me tiembla.


Como el sonido del Re agudo, mis cuerdas vocales provocan un silbido ahogado que significa tanto el recuperar el aire como el momento en que todo mi organismo se disuelve y expande en un charco de aullidos.


Ana tiembla.


Todo está fijo en el punto álgido de una espiral imparable que se arremolina en mis entrañas como una tenia que engulle lo que quiero pronunciar.


Y con el temblor huyo al rincón donde siempre acababa con mis encogidos pies sobre el respaldo de un asiento; pero esa morada ahora se encuentra cercada por los recuerdos y el lamento de la hierba, aquella que forjó vidas directamente proporcionales.

























Y sigue temblando..













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