-Está lloviendo. Odio la lluvia, sabes que me produce jaquecas.
-No la odias. Ahora te gusta. Nos gusta. No hay nada como ponernos el flequillo chorreando y llevar el paraguas cerrado, el frescor en las sienes, las miradas de los que van corriendo por evitar mojarse sus peinados de peluquería, sus gabardinas, sus zapatos nuevos.
-Prefiero quedarme en casa. No tengo necesidad de pillar un catarro.
-Sácame o me activaré. Te haré gritar, llorar, palpitar. Haré que tiembles, si, lo has oído bien, haré que seas incapaz de tocarte sin que notes un terremoto por las venas de tus brazos, y que tus piernas sean incapaces de estirarse. Entumeceré tus huesos y mojaré tu frente con sudores fríos. Y nadie va a venir a amortiguar tu agitación.
El misterio de cómo mi cuerpo es capaz de avisarme de que la tragedia está a punto de culminarse, y el final fatídico acecha en cada sacudida con la que me amenaza.
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