Me llegó la primavera,
con el aire caliente y sabor a sangre.
Agresiva y seca, llegó reclamando
besos
y con un golpe de calor me arrancó la
boca.
No tenía nada para ella.
Me dio gotas de fuego para saciar mi
sed,
y ceniza para refrescar mi nuca.
No había ni una fiebre que hiciera
sombra.
Eterna aridez abrupta y austera era mi
piel,
y clavó sus dientes intentando allanar
mis hombros,
cuando en mis músculos ya no quedaba
ni un solo hueco fértil.
Nada podía arraigarse en estos muslos
a los que nunca les rozó el sol.
La tierra eran tan seca que me había
agrietado los labios.
Ahondó buscando la negrura, apenas
latente, de lo más profundo de mis costillas,
y ahí, sin un atisbo de luz, plantó a
abril para que me empezara a llover.
La humedad se fue filtrando por mi
pecho, por mi cuello, por mis ingles;
mi lengua era un manantial.
Y donde antes no podía haber raíces
capaces de aferrarse,
tus ramas me oprimieron,
me abrazaron,
me acariciaron.
Sentí la rigidez de tu cuerpo cuando
me impregnaste de flores.
Ahora no hay día que mi vientre no
huela a almendras.
Y cada noche, con una sonrisa,
presencio mi propio funeral,
donde me sepulto bajo tus hojas para
respirar mejor.
Para respirar más.
Para respirar.
---
El campo por el que vagaba no se
acababa nunca,
y me creía una nómada que se movía
de cueva en abismo,
y era porque no supe que vivía tras
una puerta hasta que llamaste a ella,
y que no venías solo,
y que yo no me iba.
Ambos estábamos llegando a casa,
a ambos nos estaba llegando la
primavera.
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