jueves, 9 de febrero de 2017

Sin


No quiero hablar, solo me apetece decir tu nombre.
Cuánta lujuria.

Mi boca seca y mi sexo empapado se pelean por tu saliva
a cada momento que se me embota el cerebro con el eco de tus gritos.
Cuánta envidia.

Nunca las vocales habían tenido una connotación tan física. 
Te salen de la garganta directas a mi estómago,
a la vez e igual que cuando te succiono de placer hasta que me abofeteas con un "basta, 
empezamos otra vez".
Cuánta ira.

Es ver que me miras, incluso cuando no hay luz, y que las mejillas se me pongan rojas, como si me estallara una botella de vino en la cara y me la bebiera de un trago.
Cuánta gula.

Y me olvido de esa humildad por querer, con vergüenza, gustarte, 
porque tú, con todo lo que sobresale de tu cuerpo, 
me haces increíblemente guapa.
Cuánta soberbia.

Se me sale la vida por la piel con cada caricia de tus dedos,
y exijo más. Más caricias. Más dedos.
Cuánta avaricia.

Y el tiempo se empeña en que le alcancemos en su carrera y que (nos) corramos más que él, que tiene prisa.
Cuánta pereza.

Que casi no puedes respirar al decir "no puedo más, me voy". 
Que te vayas, como sea,
que me voy contigo.
Que me quiero, contigo.

Cuánto. Cuánto.


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