No me digas que vas a tirar de mí y vamos a explotar.
Yo no soy el verano que odias,
ese sin determinante artículo determinado.
Ese de cantar "por favor, déjame hacer lo que yo quiera" cuando nadie prohibió nada.
No me reproches que me fumo tus horas.
Si depende de ti que tenga o no abstinencia, y sabes que no me trago el humo.
Yo solo te buscaba para hacerme daño,
pero te has empeñado en que me moje el pelo en tus hombros
y que escucharte, olerte, mirarte, tocarte y comerte
me tengan aterida por no llegar nunca a secarme.
Si es que yo no tengo la culpa
"que la culpa es de la tierra".
Me sale solo parafrasear al poeta,
como si no tuviera palabras
cuando hablo con las piedras,
cuando hablo con el viento,
cuando hablo con el frío, con el tiempo
que me ha dejado sin aliento
desde que supiste del hueso de mi cadera.
Como si palabras no tuviera,
da igual que le cambie el orden.
Reiterativa, repetitiva y reincidente,
releyéndome cada día para ti.
Que me sientes y me das de hostias con todo lo que ya sé y presumo de ello.
Y te las devuelvo, hasta que abrimos los párpados y está todo el amor tirado por los suelos.
Y a ver quién limpia todo esto.
Que quieres más. Saber más. Estar más. Ser más. Más para ti.
Un egoísta que se puede ahogar
y yo hace años que no buceo.
Y no aguanto. Y no puedo. No puedo.
No puedo.
No quiero.
Que no.
Que no.
No.
No.
No.
No.
O sí.
Sí.
Sí.
A ti
sí.
Te escribí como 40 poemas esta semana, dijiste.
Te deseé como 40 veces este día, digo.
Bueno, 40 veces no.
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