mónada
nombre femenino
En la filosofía de Leibniz (filósofo alemán, 1646-1716), ser simple e indivisible que constituye en sí una imagen esencial del universo.
Delicada y frágil se posa la tórtola en el arbolito de mi
jardín, hasta que una perra, juguetona y madrugadora, la espanta con el taconeo
de sus patas contra el suelo.
Involuntariamente sutil.
Involuntariamente sutil.
Con cuidado, retrocediendo 20 años atrás -o más- mi madre
posa su mano sobre la manta de los inviernos, la que no pica, desde mi cuello
hasta mis tobillos, para resguardarme del frío en la siesta. Eternamente
infantil.
Despacio, cálido, suave, con olor a caramelos de leche que
no me hace apretar los puños, pero sí chirriar los dientes, es el posar en mi
pecho la última niña de mis apellidos. Mofletuda, pequeñísima, ajena a mí, y
ajena a todo mal.
Increíblemente feliz.
Increíblemente feliz.
Qué bonito se posa la tórtola,
qué pausado se posa mi madre,
qué dulce se posa a la niña.
La oda a los pequeños detalles, a la ternura del hogar, al
recuerdo, era un comienzo de comparación donde ir a buscarte.
Porque es bonito cómo tus dedos se posan en mi muslo y
acarician la tensión de mi miedo al pasear sin mirarte 200 kilómetros. Hoy.
Es pausado cómo tu boca se posó en mi vida y me sacó el alma
del revés que, desnuda de vergüenza, se ha mudado a vivir contigo. Todavía.
Y es dulce cómo tu poesía se posará en mi rodilla y me
dejará con la mente embotada de humo blanco y palabras que no hace falta
articular. Siempre.
Hoy, todavía, y siempre, haciendo que la plenitud sea tu
cuerpo tumbado junto al mío,
y quitarte las gafas porque te has quedado dormido.
Todavía, hoy, y siempre, sintiendo que la gracia del mundo
entero bombea mi sangre desde dentro de ti, con un beso que dura más que toda
la música.
Siempre, siempre, y siempre, siendo consciente de que no hay
comparación, de que no hay que ir a buscarte, de que no hay oda a un recuerdo.
Porque tú, siempre, eres la felicidad de saber cómo soy:
increíblemente feliz.
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