esperando,
como una perra
a la que me encantaría disparar,
pero que siempre acurruco en mi vientre.
En la oquedad del silencio,
esperando,
escribiendo una oda a una urna griega,
para hacerla inmortal,
pero en la que estoy presa.
Arañando sombras para verte,
esperando,
porque más de una noche te he tocado y te he sentido,
cuando me pedías abrazos fuertes,
pero dormida mi fuerza no era ni el aleteo de una abeja.
Amanezco con la angustia que se abre paso entre los huesos,
esperando,
con el dolor de un mal sueño,
y el letargo que no me avisa de que te has ido,
pero es el único argumento de la obra.
Con una soledad sonora,
esperando,
desesperando,
queriendo arrancar la tierra con los dientes,
pero esa tierra ya no cabe en el hoyo de donde se sacó.
Estoy en el rincón oscuro, donde yo siempre te quiero.
En la noche oscura del alma rota,
como las medias;
recogida,
como el pelo;
y desnuda,
como la espalda.
Mirando más allá de los fines y los términos.
Esperando.

El 13 de mayo de 2007,
mi prima Fani falleció de cáncer de páncreas con 22 años. A pesar de que mi
memoria acumula y evade demasiados recuerdos, puedo ver esa noche nítida, como
un reflejo de mis lentillas.
Al día siguiente, leí,
en voz alta, la elegía a Ramón Sijé. Y decidí que estudiaría filología.
Esa tarde, me despedí
de ella, en la calle Miguel Hernández. Y decidí que escribiría. También poesía.
Este poema, montado a
base de teselas de algunas de tantas voces que he leído (y que he sentido) es
otro recuerdo, para todas aquellas veces en las que, remediable e
irremediablemente, echamos de menos. Y echaremos de menos.
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