jueves, 2 de mayo de 2019

VIII. La nimiedad de la torpeza

Hazme pequeñita dentro de tu antebrazo,
girando como una bailarina en su caja de música.

La calle está ansiosa de vernos danzar, y nos manda olor a rosas.
La pobre desconoce que tus muslos son mi jardín.

Abre la boca para que me cuelgue de tu paladar.
Y apaga todas las luces, incluso la que no me disgusta.
En cuanto te toque la lengua voy a brillar más que Zeus, y no va a quedar ni una Sémele en toda la Tierra.
Aunque vino, todo el que quieras. Me está rebosando de los pechos.

Llévame a bucear, allí donde los peces son ciegos
y yo me ahogo con cada subida de marea que estalla desde tu ombligo hasta mis caderas.

Muérdeme, que te duela la piel.
Aráñame, que te duela el labio.
Abrázame, que te duela soltarme.

Y no pares.

Hazme gigante dentro de tu antebrazo,
girando como tu bailarina en tu cama de música.


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