Giran poetas en este uni-verso
y estallan planetas con un único beso.
y estallan planetas con un único beso.
Viento gris saliendo por la nariz, impregnando la noche de
excusas para salir, para hablar,
para conocerla más.
para conocerla más.
Espera que le quede sexy eso de fumar. Mañana quizá el
resultado demuestre que sí era como una estrella de cine con el pitillo en la
boca; o quizá sienta todo lo contrario al oler su ropa como cuando volvía de
fiesta antes de 2006.
A sus 27 años todavía le da vergüenza pedir cajetillas en el
estanco.
-¿Has estado en el Marsella? Es donde Picasso iba a ponerse
ciego.
-No, llévame.
Ella dice que allí es famosa la absenta, y él paladea el
último chupito endemoniado que tomó con 18 años en el peor antro de Salamanca.
Acabó con una multa por mear en la calle. Nada nuevo.
Lleva ya dos copitas de ese líquido con color a pis mezclado
con terrones de azúcar. La verborrea sale de su boca con el chisporroteo del
brillo de sus ojos.
Ilusión con prólogo de cogorza.
-Vamos a jugar a ver quién dice más sinónimos de «borracho».
Él acaba ganando, o eso cree. Qué más da, ni que tuviera que
sorprender a alguien. Eso piensa, aunque haya sacado a la mesa toda la
artillería y esté creyéndose que en su imperio no se pone el Sol.
Lo que le apetece es leerle. Para eso habían quedado. Y
aunque considere que todo lo que hace es basura, desea abrir la asquerosa
libreta y recitar. Nada de lo que está escrito es para ella, eso sería
imposible. Pero quiere que sepa que hace este tipo de cosas. Que es romántico y
sensible (sin llegar a ser cutre, por supuesto). Que puede hacerlo mejor. Y que
puede hacerlo para ella,
y por ella.
y por ella.
Entonces, brota en la conversación el realizar el comedido
acordado y, claramente, acepta. Joder, si lleva dos días sin parar de pensar en
que va a leer delante de alguien, y encima presumiendo con sus amigos de que lo
va a hacer, como si fuera su mayor hazaña, su último trabajo hercúleo. Ya ves
tú.
Y sí, que luego ella piense lo que le plazca; que es un genio, o que es un aficionado, o que no llega ni a poeta de bragueta. Lo propuso y a ambos les pareció buenísima idea, así que, si estalla de euforia, que ella asuma las consecuencias.
Y sí, que luego ella piense lo que le plazca; que es un genio, o que es un aficionado, o que no llega ni a poeta de bragueta. Lo propuso y a ambos les pareció buenísima idea, así que, si estalla de euforia, que ella asuma las consecuencias.
En el Raval no hay sitios demasiado íntimos, y por supuesto no
van a leer en el bar.
No hay que repartir arte así, al tuntún. Ni salpicar de mierda a otros que no tienen la culpa, tampoco es eso.
No hay que repartir arte así, al tuntún. Ni salpicar de mierda a otros que no tienen la culpa, tampoco es eso.
-Vamos al parque este que hay aquí al lado, que no habrá
mucha gente.
No, para nada. Solo un montón de perros y sus humanos, un
grupo de canis escuchando flamenquito, y los habituales que han evolucionado de
tomarse litronas a reunirse en círculo para compartir jeringuilla.
Un lugar bucólico por excelencia.
Pero le tiene cierto cariño.
Un lugar bucólico por excelencia.
Pero le tiene cierto cariño.
Les toca decidir quién empieza, ya desacomodados, porque ha
llegado el momento de pasar de lo superficial a lo visceral.
No sabe si son los chupitos, el calor aún latente de finales
de septiembre o la embriaguez de la situación, pero no siente los nervios de
abrir sus textos en canal. Ni de que, de repente, le hayan invadido unas ganas
tremendas de comerle la boca. Despacio, como un caramelo, pero comérsela.
Saborearla un buen rato, y de ahí seguir tan normal, aunque con la sensación
tangible de que se acostaría en sus labios sin programar el despertador.
Pero no, no van de eso. Van a conocerse, de dentro afuera;
tantas sonrisas son por hablar de libros, que son ellos muy profundos.
Lleva escrito el único texto que leyó una vez en cuarto de
carrera, aunque lo escribió en segundo. Dios, es horrible, mejor quemarlo y ver
cómo salen fantasmas del humo. Se decide por otro. Uno deprimente, de alma
atormentada.
Silencio. La sensación es de alivio. El texto es
excesivamente amargo, pero el haberse oído y haber sido escuchado le deja un
regusto dulce, dulcísimo. Le toca a ella.
Un texto de amor no correspondido, de rabia, de tristeza.
«A mí solo te dejaría hacerme claroscuros. Mete toda la pena
que quieras, que el último verso brillará con luz propia.»
Eso no lo piensa ahora, demasiado pronto. O quizá sí. Vuelve
a ser su turno.
Uno erótico. Un arco iris de sensaciones. Cuando termina, se
arrepiente. No quiere que piense que es un cerdo y que ella tiene que entender
entre líneas. Mierda.
Pero le devuelve un gesto tierno, apacible, y le regala
otro.
Sin darse cuenta y obviando los gritos que el dueño le
estaba pegando a Gorda, una perra que no estaba por la labor de volver a su
casa, pasan de la mano por los textos viejos de cada uno, como atravesando las
pantallas de un videojuego, y sin necesitar vidas. Solo la que se están
contando, a matices, a pinceladas.
A ella le flipa el impresionismo.
-Uf, me estoy meando, voy allí detrás y… ¿vamos a algún
sitio?
Él la espera, de pie. El alcohol se disipa en el trance de
anáforas que ni se acordaba de haber escrito, y de metáforas desconocidas que
le han empapado la epidermis. ¿Por qué cojones no ha conocido a esta tía antes?
Le encanta, le está encantando, y no como sinónimo del verbo
gustar, que también.
Esto sí que es Wingardium Leviosa.
Ella vuelve, balbuceando vete a saber el qué, enseñando
todos los dientes y con las pupilas centelleantes y gordas como la luna. Gordas
como la perra Gorda.
Y entonces ahí viene. No tiene nada que ver con lo que ella estaba
diciendo, ni nada que ver con lo que él estaba pensando. Nada en ese preciso
instante ayudaba a contextualizar. No hay referencias ni profecías goteantes.
No venía a cuento, pero ahí llega la correspondencia.
Y ya está.
El beso. Suave, pausado, imperceptible.
No es un pico, no es un beso con lengua, no es ni siquiera un
roce casual, o cordial.
Es un sello con lacre, el último trazo de la firma de un
cuadro (uno bueno, uno de libro), el golpe de platillo al final del concierto.
El beso de Klimt, el beso de Rodin, el de Eisenstaedt, los de
Cinema Paradiso, hasta los de la puñetera canción de El Canto del Loco.
Todos esos, fuera.
Todos esos son de risa.
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Porque él y yo hemos reventado en un Big Bang,
y ya nunca más hemos vuelto a cerrar la boca.
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