martes, 16 de julio de 2019

Escucha mi silencio con tu boca


Giran poetas en este uni-verso
y estallan planetas con un único beso.



Viento gris saliendo por la nariz, impregnando la noche de excusas para salir, para hablar,
para conocerla más.
Espera que le quede sexy eso de fumar. Mañana quizá el resultado demuestre que sí era como una estrella de cine con el pitillo en la boca; o quizá sienta todo lo contrario al oler su ropa como cuando volvía de fiesta antes de 2006.
A sus 27 años todavía le da vergüenza pedir cajetillas en el estanco.

-¿Has estado en el Marsella? Es donde Picasso iba a ponerse ciego.

-No, llévame.

Ella dice que allí es famosa la absenta, y él paladea el último chupito endemoniado que tomó con 18 años en el peor antro de Salamanca. Acabó con una multa por mear en la calle. Nada nuevo.
Lleva ya dos copitas de ese líquido con color a pis mezclado con terrones de azúcar. La verborrea sale de su boca con el chisporroteo del brillo de sus ojos.
Ilusión con prólogo de cogorza.

-Vamos a jugar a ver quién dice más sinónimos de «borracho».

Él acaba ganando, o eso cree. Qué más da, ni que tuviera que sorprender a alguien. Eso piensa, aunque haya sacado a la mesa toda la artillería y esté creyéndose que en su imperio no se pone el Sol.
Lo que le apetece es leerle. Para eso habían quedado. Y aunque considere que todo lo que hace es basura, desea abrir la asquerosa libreta y recitar. Nada de lo que está escrito es para ella, eso sería imposible. Pero quiere que sepa que hace este tipo de cosas. Que es romántico y sensible (sin llegar a ser cutre, por supuesto). Que puede hacerlo mejor. Y que puede hacerlo para ella,

y por ella.

Entonces, brota en la conversación el realizar el comedido acordado y, claramente, acepta. Joder, si lleva dos días sin parar de pensar en que va a leer delante de alguien, y encima presumiendo con sus amigos de que lo va a hacer, como si fuera su mayor hazaña, su último trabajo hercúleo. Ya ves tú.
Y sí, que luego ella piense lo que le plazca; que es un genio, o que es un aficionado, o que no llega ni a poeta de bragueta. Lo propuso y a ambos les pareció buenísima idea, así que, si estalla de euforia, que ella asuma las consecuencias.

En el Raval no hay sitios demasiado íntimos, y por supuesto no van a leer en el bar.
No hay que repartir arte así, al tuntún. Ni salpicar de mierda a otros que no tienen la culpa, tampoco es eso.

-Vamos al parque este que hay aquí al lado, que no habrá mucha gente.

No, para nada. Solo un montón de perros y sus humanos, un grupo de canis escuchando flamenquito, y los habituales que han evolucionado de tomarse litronas a reunirse en círculo para compartir jeringuilla.
Un lugar bucólico por excelencia.
Pero le tiene cierto cariño.

Les toca decidir quién empieza, ya desacomodados, porque ha llegado el momento de pasar de lo superficial a lo visceral.

No sabe si son los chupitos, el calor aún latente de finales de septiembre o la embriaguez de la situación, pero no siente los nervios de abrir sus textos en canal. Ni de que, de repente, le hayan invadido unas ganas tremendas de comerle la boca. Despacio, como un caramelo, pero comérsela. Saborearla un buen rato, y de ahí seguir tan normal, aunque con la sensación tangible de que se acostaría en sus labios sin programar el despertador.

Pero no, no van de eso. Van a conocerse, de dentro afuera; tantas sonrisas son por hablar de libros, que son ellos muy profundos.

Lleva escrito el único texto que leyó una vez en cuarto de carrera, aunque lo escribió en segundo. Dios, es horrible, mejor quemarlo y ver cómo salen fantasmas del humo. Se decide por otro. Uno deprimente, de alma atormentada.
Silencio. La sensación es de alivio. El texto es excesivamente amargo, pero el haberse oído y haber sido escuchado le deja un regusto dulce, dulcísimo. Le toca a ella.

Un texto de amor no correspondido, de rabia, de tristeza.
«A mí solo te dejaría hacerme claroscuros. Mete toda la pena que quieras, que el último verso brillará con luz propia.»

Eso no lo piensa ahora, demasiado pronto. O quizá sí. Vuelve a ser su turno.
Uno erótico. Un arco iris de sensaciones. Cuando termina, se arrepiente. No quiere que piense que es un cerdo y que ella tiene que entender entre líneas. Mierda.
Pero le devuelve un gesto tierno, apacible, y le regala otro.

Sin darse cuenta y obviando los gritos que el dueño le estaba pegando a Gorda, una perra que no estaba por la labor de volver a su casa, pasan de la mano por los textos viejos de cada uno, como atravesando las pantallas de un videojuego, y sin necesitar vidas. Solo la que se están contando, a matices, a pinceladas.

A ella le flipa el impresionismo.

-Uf, me estoy meando, voy allí detrás y… ¿vamos a algún sitio?

Él la espera, de pie. El alcohol se disipa en el trance de anáforas que ni se acordaba de haber escrito, y de metáforas desconocidas que le han empapado la epidermis. ¿Por qué cojones no ha conocido a esta tía antes?
Le encanta, le está encantando, y no como sinónimo del verbo gustar, que también.

Esto sí que es Wingardium Leviosa.

Ella vuelve, balbuceando vete a saber el qué, enseñando todos los dientes y con las pupilas centelleantes y gordas como la luna. Gordas como la perra Gorda.
Y entonces ahí viene. No tiene nada que ver con lo que ella estaba diciendo, ni nada que ver con lo que él estaba pensando. Nada en ese preciso instante ayudaba a contextualizar. No hay referencias ni profecías goteantes. No venía a cuento, pero ahí llega la correspondencia.
Y ya está.

El beso. Suave, pausado, imperceptible.

No es un pico, no es un beso con lengua, no es ni siquiera un roce casual, o cordial.
Es un sello con lacre, el último trazo de la firma de un cuadro (uno bueno, uno de libro), el golpe de platillo al final del concierto.
El beso de Klimt, el beso de Rodin, el de Eisenstaedt, los de Cinema Paradiso, hasta los de la puñetera canción de El Canto del Loco.
Todos esos, fuera.
Todos esos son de risa.

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Porque él y yo hemos reventado en un Big Bang,
y ya nunca más hemos vuelto a cerrar la boca.



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