Anocheciendo y amaneciendo al
mismo tiempo,
se me pierde la noción, y no entiendo para qué sirve una ventana.
Por mi cuerpo corren chispas,
relámpagos,
que me hacen murmurar, maullar,
ronronear,
que erizan tu nuca desde mis
yemas,
te arrancan la euforia sin tocarte,
y cuando se te olvida,
las cosquillas no se distinguen
del orgasmo.
Pero también
por mi cuerpo corren ríos,
monzones,
que me hacen temblar, escapar, gritar,
que me hacen temblar, escapar, gritar,
que ciñen mi mirada en un punto
sin retorno,
me arrancan la rabia sin
tocarte,
y cuando se me olvida,
la calma no se distingue del sueño.
No me siento.
Duermo
pegando los párpados lo más
cerca de tu espalda,
para que mi oniria no huya de estas cuatro paredes.
Tres blancas
y una azul. O verde. O azul
verdoso.
Duermo
en el lado izquierdo de este
reino,
que es tu cuerpo.
Los espasmos te desvelan,
y desde tu trono me vigilas.
Te preguntas, y me preguntas,
qué se puede hacer.
Y acaricias mi melena, esa que
llamas ardiente,
pero son las flores las que me
están quemado.
Cariño, ponte enfrente,
Tengo mucho calor.
Y te preguntas, y me preguntas,
dónde hay que cortar.
Cariño, mírame.
Tranquilo, esto no es una
diana.
No te preguntes, no me
preguntes, si hay que disparar.
La cruz de mi pecho es el mapa
del tesoro,
y tú tienes la llave que hay
que hacer girar.
Ábreme, hazlo ya,
que tengo zorros huyendo del
incendio,
y tu boca es toda la brisa
asturiana,
y lo único que me puede paliar.
Estás aquí,
ya me siento.
Sé que no te irás.
Para amanecer y anochecer al
mismo tiempo,
y entender que la ventana
solo sirve para que entre la
luz,
para mirarte.
Foto: Félix Francisco Casanova

1 comentario:
Anochecí y amanecí contigo,
en días que aún duelen al recordarlos,
aunque el tiempo siga su curso,
me encuentro esperando en las ventanas,
como si algo de ti aún pudiera entrar con la luz,
como si todavía quedara un rayo de aquel reflejo que fuimos.
Por mi cuerpo no corren relámpagos,
sino los ecos de tus manos,
huellas que no se borran,
cicatrices que no terminan de cerrar.
Te llamaba en susurros
y, aunque el silencio pesa más ahora,
mi nombre aún se enreda en el sonido de tu ausencia.
Temblaba contigo,
y ese temblor no ha desaparecido.
A veces, cierro los ojos y el vértigo regresa,
como si todo pudiera volver a empezar
en algún rincón olvidado de este tiempo.
Sin mapas, sin señales,
pero con el recuerdo de una brújula que siempre te señala.
Dormía
pegado a tu espalda,
y esos despertares eran mi refugio,
donde el mundo se detenía
y nada más importaba.
Hoy, las noches son largas
y solo quedan cenizas
que intento no soplar.
Te abrí mi alma,
y aunque la puerta sigue entreabierta,
espero, como quien no espera,
que el viento traiga una brizna de tus pasos.
Los zorros, que un día escaparon,
vuelven ahora en mis sueños,
y a veces los imagino transformándose en dinosaurios,
y aún siento que la brisa de tu recuerdo
podría hacerlos rugir de nuevo.
Estuviste,
y aunque el mundo siga girando,
hay algo que no encaja,
algo que no volverá a ser igual.
La ventana solo me recuerda
que el mundo es más grande
sin ti en él.
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