Ella se lamentaba de que no se compró un pato que
vimos en un pueblo, y ambos han empezado a darse la razón de cómo era el pato,
en qué tienda lo vimos, de qué excursión veníamos y, como detalle importante,
qué había hecho yo ese día. Por lo visto, me estuve probando un sinnúmero de
abalorios comunistas de la época soviética en un mercadillo cerca de la tienda
del pato. Me acuerdo porque tengo una foto con un casco de la URSS.
Y ya.
No obstante, recuerdo trivialidades, como que en ese
viaje, un día, nos sentamos a comer con un matrimonio español y la mujer dijo,
exactamente con estas palabras, que su marido «se toma el gazpacho en verano
siempre antes de comer, como si fuera agua, porque le refresca». La estoy
escuchando.
También recuerdo conectarme en el primer hotel al
que fuimos, en una recepción vacía y cutre, a Tuenti, y ver unas fotos de mi ya
entonces ex de posadolescencia con su nueva novia hechas con la cámara que le había
regalado para su cumpleaños. Y sobre todo, recuerdo la rabia que me ardía por
el esófago.
Y ya. Ni explicaciones de los guías, ni excursiones,
ni muchos monumentos acceden danzando a mi memoria.
Anoche, mis padres mencionaban lo buenos que estaban
los saquitos que nos pusieron en la comida de mi graduación. Sí, en aquel
restaurante que yo me empeñé en ir. La Hoja (lo he tenido que buscar en
Google).
Pero yo solo sé que ese día estuve delante del atril
leyendo el discurso, aunque me veo desde fuera, como en las fotos, como en el
vídeo. Desde dentro, desde mí, me veo escribiéndolo, preparándolo, pero no consigo
tener el punto de vista de lectora, sino de espectadora, cosa que no ocurrió.
Como si fuera más fácil imaginar un sueño que la realidad. Como si fuera más
fácil una mentira que una verdad.
Con los recuerdos íntimos, aquellos que solo conozco (o
creo conocer) yo, me sucede lo mismo, pero en aquellos compartidos, si alguien
menciona un «¿te acuerdas de…?» o incluso da por hecho que lo sé, el no tener
ni una reminiscencia es un precipicio insoportable.
Asiento con un sí y me dejo llevar de la mano por mi
propia memoria vivida, entre un sentimiento de expectación por (re)vivir mi historia,
y un esfuerzo tremendo y doloroso porque nunca llego a acordarme del todo. O
llego a acordarme verdaderamente.
Hace dos noches soñé con Juan. Siempre que pasa
(cada tantos meses hay una «noche de Juan», sin San) me despierto con el
flequillo sudado y los ojos enmarañados en las legañas que, además, él me dijo
una vez con cariño que eran graciosas. Con el cariño del final, claro. Es del
único cariño del que me acuerdo, y me jode, porque no sé si es que antes no
hubo, o si es que no consta en mi índice memorial.
Cuando tengo noches de Juan siempre paso el día
pensando en él, o intentándolo. Y le tengo que buscar para ponerle cara y
memorizar de nuevo todas esas fotos que vi tantas veces cada día. Pero si me
meto en los recuerdos y me arrullo en ellos, solo están los del final.
No recuerdo lo primero que nos dijimos. No recuerdo
la primera cita, la primera conversación. Solo el café, el pretexto, los libros
de Truffaut y el polvo acumulado entre ellos.
Sí recuerdo las flores secas de su entrada, lo que comimos
el día que hizo su primera entrevista de trabajo, los nombres de sus perras, o
su forma de andar.
Pero no recuerdo su olor, no recuerdo la
postura que cogía para dormir, o el color de sus ojos (un color que sí recuerdo
que podía llegar a ser de tres tonalidades. ¿Verde de noche, gris de sol, azul
de pena? No recuerdo cuándo su corazón cogía cada uno, o cuándo los cogía el
mío).
Y no recuerdo cuándo me dijo que me quería, aunque
tengo la consciencia de que lo dijo. Espero. Sí, seguro que sí, al final seguro
que sí.
Ese final del que sí me acuerdo que me susurró
que mi mirada era de tan enamorada que no había visto nunca a nadie tan guapa.
Guapa por amor.
Recuerdo que pidió que me fuera allí a vivir, me confesó
los hijos que quería tener conmigo, que fantaseó con que los querría llevar a
la montaña. Y que también habría que traerlos a mi pueblo.
La montaña. Y venga a sonar I need my girl.
La montaña es donde me reveló que quería que esparciesen
sus cenizas cuando se muriera. Y que eso solo lo sabría yo.
Aún lo sé.
Y cuando se acabó, ambos nos preocupamos por lo
mismo.
«Si me pasa algo, o si te pasa algo, ¿cómo nos
enteraremos? Necesitaría saberlo, o necesitaría que lo supieses».
Aún lo pienso, me acuerdo, aunque no esté él para
llevarme de la mano por mi memoria. Pero claro, él nunca quiso cogerme de la mano.
Y en el fluir de mi conciencia todo se torna en un
fundido a negro agónico, apagado, redundante. En una fosa que cada día pierde un poco más su nombre.
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