viernes, 3 de mayo de 2024

Cosas que me aterrorizan 4. La caída

En 2021 escribí sobre la curación:


Quizá antes hubiera podido considerar que hablar de una enfermedad mental tan estigmatizada y a la vez tan establecida como es la depresión era algo que hacer en la intimidad, solo con la gente cercana, la que te juzgará pero que por narices te tendrá que entender. A día de hoy creo que la herramienta de la palabra ya no solo ayuda a quien lo ha vivido, sino a quien lo vive. La primera vez que pensé que tenía depresión llamé a mi padre por teléfono. Le dije que llevaba meses llorando sin motivo, que mi cuerpo solo me lo pedía, todas las noches. Todas las noches las comparé como una batalla cuerpo a cuerpo conmigo misma, en la que acababa agotada y en la que no entendía el por qué. Como un toro en la plaza que huye, que no quiere, pero que acaba muerto. Así que se lo dije, y como si le hubiera dicho que tenía fiebre, la reacción fue natural, me propuso ir a terapia, me propuso mandarme a colegas médicos para que estudiaran si necesitaba medicación. Y no me preguntó si había motivo, no me preguntó nada acerca de ese llanto que aparecía mientras se lo comentaba sin ser en absoluto consciente de que eso era un problema, una enfermedad. Fue fácil, muy fácil, que no es lo normal, pero quizá es como debería serlo. Yo agradezco que no hubiera sorpresa, o que se deslegitimara mi tristeza, incluso que no hubiera esa posibilidad de una apertura al tiempo y la espera, a un «poco a poco, ya se te pasará, es un bache». No lo era.

Esa conversación me ayudó a poder presentarme a terapia sin miedo, a contar, al principio como un autómata y a la larga como un animal abierto en canal, todo lo que mi psicóloga me iba preguntando. Iba, paso a paso, haciéndome cada vez más daño y sufriendo la tristeza encima de mí, sumándola a una ansiedad maquillada por el estrés de los estudios. Me sentaba en la terapia y todos los miedos y mis problemas se ponían delante de mí, y no había que enfrentarse a ellos, no había que hacer ningún esfuerzo, nada de romantizar el dolor y ser fuerte por ponerte ante ello. Simplemente entender que existe, que seguirá haciendo daño un tiempo indeterminado, incluso quizá para siempre, eso es lo que me hizo empezar a sentir alivio y la posibilidad de la cura. 

Para mí lo peor era el miedo y el convencimiento de que quizá no saldría nunca de ahí, que siempre sería una persona alicaída, me leía a mí misma como a un personaje triste, la manera de describirme era esa, e incluso la idealizaba o lo utilizaba como excusa, no sé si para no dar explicaciones o incluso para mostrarme con una fragilidad de película, una chica «complicada» de la que pasar y a la que cuidar, que había que quererla así. A veces me convencía de eso para vivir cómoda dentro las recaídas, y cuando salía era cuando peor lo pasaba, porque no quería ser así, ni siquiera lo creía, y me causaba la misma rabia, o más incluso, que tener que tomar cada día una pastilla antidepresiva que si mezclaba con una penosa caña hacía una mezcla de ebriedad demasiado ridícula.

Entendí, tras mucho trabajo, muchos años y muchas caídas, que el trauma estaba dentro de mí y ahí sigue, forma parte de mi nombre, de mi humanidad, pero yo soy muchas más cosas que eso. Fue una época agotadora, en la que poco a poco iba consiguiendo subir fuera del «pozo» (una idea manida y, a la vez, completamente representativa), y de repente un tropezón, un encuentro con alguien equivocado o una situación inevitable me volvía a hundir hasta el fondo. Puede ocurrir muchas veces, puede volver a ocurrirme ahora, que lo veo tan lejano, pero quizá no haber olvidado que eso me pasó, hablar de ello y recordar todo este proceso me acerque a volver a salir como lo he conseguido otras veces.

Utilizo ahora ese dolor para poder entender que se puede vivir con él sin que me determine, haya o no explicación para ello.

La tristeza, la depresión como enfermedad de la misma o la ansiedad como la enfermedad de la enfermedad, son solo una posibilidad más dentro de todas las que las personas podemos experimentar. Comprenderlo desde el interior de uno mismo y desde el exterior quizá es la única manera de convivir con ello.


En 2023 volví a caer.

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