La desconexión de sus preocupaciones.
Desde que veía la misma caja todas las mañanas los estímulos para posicionarse sobre el papel se habían esfumado, y las ficciones-realidades que residían en su interior sólo aparecían de noche, durante el sueño cada vez más eterno. Le habían cambiado la medicación: Ahora eran los antidepresivos los que intentaban alcanzar lo que la escritura ya no conseguía curar. Se había hecho inmune a las palabras.
Toda ella se repartía en otro cuerpo, al igual que todo aquel otro organismo se extendía en ella de forma recíproca. Ambos caminaban por la misma senda de incertidumbre, y ese otro cuerpo cuyo nombre era Mireya tenía la respuesta (que no la solución) para aquel sufrimiento compartido y único:
Sentimos la vida más que el resto.
(A mi hermana-osa-polar)

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