No creo que nadie se haya nunca parado
a pensar alguna vez en la forma en la que llegó a conocer a cada una
de las personas que han pasado por su vida. No, ni mucho menos. Es
más, a la gran mayoría las olvidamos, y al resto que queda las
clasificamos entre “los de siempre”, “los de hace poco” y
aquellos que “vaya putada no poder hacerlos desaparecer”.
Hiponimia social inconsciente y
egoísta.
El paso del tiempo quiebra poco a poco
la certidumbre de nuestros recuerdos hasta difuminarlos en lo que
fueron (o no fueron). Es la mezcolanza irremediable que el desgaste
senil nos regala.
En su caso, siempre se había sentido
aturdida, a caballo entre el sueño y el mundo tangible y agotada por
el miedo ya no de perder lo que uno tiene, sino de perder lo que ya
no se posee. La esencia del recuerdo es tan vana y frágil como la
cadera de un octogenario y la consumición de la rutina impide cada
vez más la re-estructuración de nuestras capacidades. Padecía por
asentar sus decisiones en el pasado, condicionando al devenir de sus
agravios anteriores.
El presente era la (no) base de su
nihilismo.
Pero aquella reminiscencia tan
sumamente nula, imposible ni siquiera de hacer un esqueleto con sus
anécdotas más dudosas le hacía siempre llevarse una sonrisa a la
boca. Podía vivir de ella
sin necesidad de arrastrarse hasta los orígenes de sus
coincidencias. Porque el no recordar cómo había conocido a Esther
le regaló la amnesia de un cariño ilimitado que la hizo
inmortal.
(A mi escudo protector de la amenaza
temporal)

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