domingo, 6 de abril de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 2: Minerva

No creo que nadie se haya nunca parado a pensar alguna vez en la forma en la que llegó a conocer a cada una de las personas que han pasado por su vida. No, ni mucho menos. Es más, a la gran mayoría las olvidamos, y al resto que queda las clasificamos entre “los de siempre”, “los de hace poco” y aquellos que “vaya putada no poder hacerlos desaparecer”.
Hiponimia social inconsciente y egoísta.
El paso del tiempo quiebra poco a poco la certidumbre de nuestros recuerdos hasta difuminarlos en lo que fueron (o no fueron). Es la mezcolanza irremediable que el desgaste senil nos regala.
En su caso, siempre se había sentido aturdida, a caballo entre el sueño y el mundo tangible y agotada por el miedo ya no de perder lo que uno tiene, sino de perder lo que ya no se posee. La esencia del recuerdo es tan vana y frágil como la cadera de un octogenario y la consumición de la rutina impide cada vez más la re-estructuración de nuestras capacidades. Padecía por asentar sus decisiones en el pasado, condicionando al devenir de sus agravios anteriores.
El presente era la (no) base de su nihilismo.
Pero aquella reminiscencia tan sumamente nula, imposible ni siquiera de hacer un esqueleto con sus anécdotas más dudosas le hacía siempre llevarse una sonrisa a la boca. Podía vivir de ella sin necesidad de arrastrarse hasta los orígenes de sus coincidencias. Porque el no recordar cómo había conocido a Esther le regaló la amnesia de un cariño ilimitado que la hizo inmortal.




(A mi escudo protector de la amenaza temporal)

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