domingo, 13 de abril de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 3: Casandra

Siempre estaba lejos pero nunca ausente. Daba pasos sosegados entre todo aquello que la rodeaba, sin hacerse notar pero sin huir del todo. Le ocurría desde muy pequeña: para ella el placer era poder estar sola sin necesidad de exponer a los demás su epitelio protector. Era un límite demasiado poderoso hecho por ella y para ella, ¿para qué compartir un espacio tan frágil si peligra a difuminarse entre lo ordinario y lo común de la interactuación? No lograba entender por qué la soledad tenía tantas connotaciones negativas. Disfrutar era sinónimo de imaginar, y con cinco años era inalcanzable el poder explicar la suficiencia de estar consigo misma.
Pero tuvo que crecer intentando evitar su propia filosofía, estudiando al detalle la comunicación. Los intercambios colectivos a veces se hacían demasiado voluminosos y el deseo de desaparecer fulgía en cuanto se cerraba un ciclo.
Sobrevivir a la variedad de las relaciones humanas, receptivas y desconcertantes, es una tarea exhaustiva y agotadora para quien se retroalimenta de sí mismo, que se busca bajo el cuello de la camisa las respuestas a cada frase, a cada mirada, a cada adiós. Y cuando la comprensión es burlada demasiadas veces, uno opta por desintegrarse para ahuyentar el dolor.
Pero ni aunque lo ansiara podía estar totalmente sola y aquella noche, en aquel conato de evaporación, Beatriz se lo demostró.
Y no hay hastío si constantemente hay presencias que apelmazan caricias y consuelo en la más completa clausura.





(There is still hope.)

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