Siempre estaba
lejos pero nunca ausente. Daba pasos sosegados entre todo aquello que
la rodeaba, sin hacerse notar pero sin huir del todo. Le ocurría
desde muy pequeña: para ella el placer era poder estar sola sin
necesidad de exponer a los demás su epitelio protector. Era un
límite demasiado poderoso hecho por ella y para ella, ¿para qué
compartir un espacio tan frágil si peligra a difuminarse entre lo
ordinario y lo común de la interactuación? No lograba entender por
qué la soledad tenía tantas connotaciones negativas. Disfrutar era
sinónimo de imaginar, y con cinco años era inalcanzable el poder
explicar la suficiencia de estar consigo misma.
Pero tuvo que
crecer intentando evitar su propia filosofía, estudiando al detalle
la comunicación. Los intercambios colectivos a veces se hacían
demasiado voluminosos y el deseo de desaparecer fulgía en cuanto se
cerraba un ciclo.
Sobrevivir a la
variedad de las relaciones humanas, receptivas y desconcertantes, es
una tarea exhaustiva y agotadora para quien se retroalimenta de sí
mismo, que se busca bajo el cuello de la camisa las respuestas a cada
frase, a cada mirada, a cada adiós. Y
cuando la comprensión es burlada demasiadas veces, uno opta por
desintegrarse para ahuyentar el dolor.
Pero ni aunque
lo ansiara podía estar totalmente sola y aquella noche, en aquel
conato de evaporación, Beatriz se lo demostró.
Y no hay
hastío si constantemente hay presencias que apelmazan caricias y
consuelo en la más completa clausura.
(There is still
hope.)

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