Aunque
desconocía por completo que tal acontecimiento hubiera ocurrido, a
su tía, siempre tan tiquismiquis en superfluos detalles, le gustaba
(LE ENCANTABA) recordárselo.
A
ella le hacía sentir que se reía y mofaba y le parecía tan
sumamente patético que no daba crédito a que realmente su tía
intentara meter a presión de carcajadas burlescas tal episodio.
Era
algo tan absurdo y tan dulce (pues la inocencia de los niños, por
muy tonta que sea, siempre sabe a miel) que ella ardía de rabia
cuando la tía doña perfecta se saciaba del poder adulto que tuvo en
aquel momento.
La
historia era que un día, en la feria del pueblo, una Ana de cinco
años se compró un globo de helio. Un globo rosa (cómo no, rosa
para la nena) que llevaba con gusto atado a su diminuta muñeca y al
cual miraba volar con los ojos como platos, donde el cielo se
reflejaba y confundía su color entre el azul y el verde.(De pequeña
era muy policromática). Cuando llegó a la comida familiar, su tía
le preguntó que de qué se había comprado el globo.
“Es
un caballito”, dijo ella. Y su tía, no contenta con la respuesta,
le recriminó una y otra vez que no tenía razón, que era un
unicornio pues tenía cuerno, era rosa y no sé cuántos más motivos
para redefinir el concepto de Ana.
“No,
es un caballito”, volvió a decir aquella pequeña respondona.
Cuando
llegaba a esa parte, su tía estallaba en risas y le reprochaba haber
sido siempre tan cabezota incluso con las cosas que ignoraba.
La
Ana de dieciocho años callaba, enmudecía y se encogía, volvía a
los cinco años y flotaba en la incomprensión de la mofa de su tía.
Buscaba
entre las páginas de Saint-Exupéry para contrarrestar su impotencia
infantil en un cuerpo adulto cada vez que alguien revolvía ese tipo
de recuerdos que la hacía sentirse estúpida.
Pero
un día, leyendo un cuento de Alejandro, se dio cuenta de lo que
había intentado entender. Él le contaba en su historia cómo un
dragón volaba custodiando a a una princesa y cómo ambos, premio y
desafío, esperaban eternamente la llegada de su obligado destino.
Sin embargo, el cuento se cerraba con una conclusión nihilista y
muy pragmática: los dragones no existen.
Y
Ana, con ya casi veintitrés, abrió los ojos y se sintió feliz.
“Es
un caballito” era una de las frases que dejaba la impronta del
sentido de su vida. Ella se conformaba con la realidad y encontraba
la fantasía en el mundo cotidiano. Además, tenía el poder de dar
vida a lo irreal a través de su imaginación, con papel y tinta como
armas.
Así
que, querida tía, a mi no me hacen
falta ni unicornios ni dragones para vagar por los límites del mundo
tangible y disfrutar de su (in)congruencia.
Y
gracias, Alejandro
que, por suerte, tú sí existes.

1 comentario:
Muchísimas gracias, de verdad.
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