miércoles, 2 de julio de 2014

Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 7: Raúl (Capítulo perteneciente al proyecto venidero de PanecicosDulces S.A.)

Aunque desconocía por completo que tal acontecimiento hubiera ocurrido, a su tía, siempre tan tiquismiquis en superfluos detalles, le gustaba (LE ENCANTABA) recordárselo.
A ella le hacía sentir que se reía y mofaba y le parecía tan sumamente patético que no daba crédito a que realmente su tía intentara meter a presión de carcajadas burlescas tal episodio.
Era algo tan absurdo y tan dulce (pues la inocencia de los niños, por muy tonta que sea, siempre sabe a miel) que ella ardía de rabia cuando la tía doña perfecta se saciaba del poder adulto que tuvo en aquel momento.

La historia era que un día, en la feria del pueblo, una Ana de cinco años se compró un globo de helio. Un globo rosa (cómo no, rosa para la nena) que llevaba con gusto atado a su diminuta muñeca y al cual miraba volar con los ojos como platos, donde el cielo se reflejaba y confundía su color entre el azul y el verde.(De pequeña era muy policromática). Cuando llegó a la comida familiar, su tía le preguntó que de qué se había comprado el globo.
“Es un caballito”, dijo ella. Y su tía, no contenta con la respuesta, le recriminó una y otra vez que no tenía razón, que era un unicornio pues tenía cuerno, era rosa y no sé cuántos más motivos para redefinir el concepto de Ana.
“No, es un caballito”, volvió a decir aquella pequeña respondona.
Cuando llegaba a esa parte, su tía estallaba en risas y le reprochaba haber sido siempre tan cabezota incluso con las cosas que ignoraba.
La Ana de dieciocho años callaba, enmudecía y se encogía, volvía a los cinco años y flotaba en la incomprensión de la mofa de su tía.
Buscaba entre las páginas de Saint-Exupéry para contrarrestar su impotencia infantil en un cuerpo adulto cada vez que alguien revolvía ese tipo de recuerdos que la hacía sentirse estúpida.
Pero un día, leyendo un cuento de Alejandro, se dio cuenta de lo que había intentado entender. Él le contaba en su historia cómo un dragón volaba custodiando a a una princesa y cómo ambos, premio y desafío, esperaban eternamente la llegada de su obligado destino. Sin embargo, el cuento se cerraba con una conclusión nihilista y muy pragmática: los dragones no existen.
Y Ana, con ya casi veintitrés, abrió los ojos y se sintió feliz.

“Es un caballito” era una de las frases que dejaba la impronta del sentido de su vida. Ella se conformaba con la realidad y encontraba la fantasía en el mundo cotidiano. Además, tenía el poder de dar vida a lo irreal a través de su imaginación, con papel y tinta como armas.

Así que, querida tía, a mi no me hacen falta ni unicornios ni dragones para vagar por los límites del mundo tangible y disfrutar de su (in)congruencia.

Y gracias, Alejandro que, por suerte, tú sí existes.







1 comentario:

Alejandro Bena dijo...

Muchísimas gracias, de verdad.