Conocía esos momentos en los que el tiempo se
tensa y desencaja los huesos, en los que uno tiene que detenerse frente a una
puerta que se abre al renacer. Estiraba los segundos aunque doliera –siempre fue
muy flexible-, porque no le importaba desquebrajar los límites de la física si
podía evitar un poco más el posarse sobre lo desconocido. Pero la
inevitabilidad del círculo vicioso en el que las horas se alimentan le obligó a
asomar sus ojos, que salieron a hurtadillas por un pasillo vacío, exento hasta
de aire que sus pestañas pudieran respirar, que despeinara sus labios
alborotándolos en forma de sonrisa.
Escuchó un tintineo, un vaivén de cuentas que
se columpiaban de una nuca que hacía que la escala cromática se fundiera en un
solo color. El color de la madera que celebraba el decorar el cuello de su
portadora.
Le hizo sentir alivio, y mientras se iba
aproximando hacia aquella imagen sonorizada por sus propios abalorios, se fue
desvaneciendo la necesidad de protegerse en el anonimato. Volvía a suspirar
después de haber estado inhalando las motas de polvo arrancadas a mordiscos en
la desesperación por devorar las cuatro paredes de aquel cuarto.
Un “hola” sencillo, asustadizo pero empujado
con toda la fuerza de sus pulmones se presentó ante ella firme, con la mano
extendida hacia sus oídos.
Podría admitir que todavía no había aprendido
las palabras que definirían ese saludo pero ahora, cuatro años después, se
permitió el lujo de describirlo:
Cada vez que Bárbara pronunciaba un fonema, éste
se proyectaba hacia su boca y explotaba la ambrosía de un sabor único y
tierno que sólo que puede apreciar si procede de aquellos que te quieren (y que
te querrán). Y así le dulcificó su nueva vida.
A la "Eva" de nuestra pequeña familia

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