El bienestar de una mirada, la satisfacción de una risa o la calma provocada por un olor era lo expresamente necesario para que pudieran sentirse satisfechos.
Fueron meses de mañanas interminables con canciones de Edith Piaf y largas noches humedecidas al calor de volver de cualquier antro inglés.
Pero cuando el amor se afinca en el vocabulario es cuando la vulnerabilidad acecha.
Y así fue como “los monstruos de la razón” atacaron de nuevo la carne desprotegida por la creencia de que la felicidad la mantenía fuera de peligro.
Ella fue encerrándose cada vez más en aquella jaula de barrotes empapelados, sin luz que encendiera la fuerza de salir.
Él fue desapareciendo, poco a poco, en el aura de optimismo que siempre le había caracterizado, ocultándose en sus recuerdos y flotando en la ingravidez del tiempo que no mucho después les hubiera condenado al olvido.
Y aquello la consumió.
El final llegó con forma de río, la arrastró hacia el fondo hundiéndola en su decepción y dándole como único grito de socorro un ahogado “I can't”. Pero antes de que su flequillo fuera arrastrado por la corriente, él la cogió de los hombros, le secó la espalda y le inspiró el oxígeno que nunca había dejado de darle.
Y aunque ella había infravalorado la calidad del positivismo de Robin, gracias al abrazo que éste le dio en la orilla del miedo supo que algún día correría por sus venas ese poder de evitar regalarle a la amnesia la plenitud de una de sus escasas sonrisas.

“You have been in every way all that anyone could be. […] Everything has gone from
me but the certainty of you goodness” (V.Woolf)
Ella fue encerrándose cada vez más en aquella jaula de barrotes empapelados, sin luz que encendiera la fuerza de salir.
Él fue desapareciendo, poco a poco, en el aura de optimismo que siempre le había caracterizado, ocultándose en sus recuerdos y flotando en la ingravidez del tiempo que no mucho después les hubiera condenado al olvido.
Y aquello la consumió.
El final llegó con forma de río, la arrastró hacia el fondo hundiéndola en su decepción y dándole como único grito de socorro un ahogado “I can't”. Pero antes de que su flequillo fuera arrastrado por la corriente, él la cogió de los hombros, le secó la espalda y le inspiró el oxígeno que nunca había dejado de darle.
Y aunque ella había infravalorado la calidad del positivismo de Robin, gracias al abrazo que éste le dio en la orilla del miedo supo que algún día correría por sus venas ese poder de evitar regalarle a la amnesia la plenitud de una de sus escasas sonrisas.

“You have been in every way all that anyone could be. […] Everything has gone from
me but the certainty of you goodness” (V.Woolf)
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