Le voy a regalar a tu eminente frente
la negación de cualquier tipo de vínculo.
Para que las letras y los números
follen hasta que hagan un nudo con tus rizos en mi estómago,
y así me abraces con el sueño
fruncido.
Cada ciudad donde has silbado se nutre
de rabia y te llama imbécil,
por haberte ido,
por haber estado ido,
por haber estado.
Pero si vuelves lo mínimo que hará
será acostarse sobre ti,
pues eres el incentivo de volver a casa
con los ojos atragantados de sonreír.
Desearía ser yo quien te dedica
portadas y te lame los muslos
mientras a ti te tiemblan los dedos
desde julio hasta septiembre.
Y al final me has comido.
Me he comido
una atracción insulsa para no
destrozar el flujo de indiferencia
que te ha bajado por las rodillas
y que me ha calado hasta las manos
sin que las hayamos entrelazado alguna
vez.
Así que si me transitas, siendo polvo
haremos polvo,
nos mancharemos de besos, nos
ignoraremos las espaldas.
Y dormiremos, más tarde de después,
impolutos de conciencia
ya que no habrán placas que choquen y
muevan la superficialidad,
ni sangre que llene de estigmas la piel
de quien
no(s) quiere.
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