Acaricio los verbos con los que actúas para ofrecerles la suavidad con la que quiero que me vivas.
Mis yemas han sido demasiado compartidas, pero solo tú has probado mis palmas,
con las que abarqué a manos llenas toda tu intangibilidad.
Será que soy como el asesino de El Perfume, pero no voy a guardar tu esencia en la pituitaria
-eres tú el que esnifas epidermis-.
Únicamente intenté recordar el molde de tu contorno incluso cuando estás.
Y quedarme en él cuando
te vas.
Te has ido.
Te irás.
Retumban quejas sordas y prohibidas en las paredes de tus antebrazos.
Que no pueden oír, que no pueden reír-se de mí-, pero que me están haciendo creer.
Creer que -me- corro por tus venas.
Y tengo que parar
para que el mundo se baje,
porque si le digo que le quiero se saldrá de su órbita hasta estrellarse con una de tantas Melancolías.
Pero antes te voy a besar con los dientes, para frenar.
Para que me frenes.
Y así, por una vez, ser tu complemento indirecto.
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