Admiraba cada palabra que conformaba el tropel sonámbulo de su cabeza, parroquiano más habitual de un hemisferio que de otro (al caos le gusta emborracharse de emociones).
Ella estaba tan confusa que sólo podía encontrar una explicación si tenía fe por primera vez en su vida y creía en que había algo más allá del entendimiento. No era arte, no era talento, no era magia. Era divinidad.
Tal esplendor emanaban todas sus maravillas a las que llamaban "rarezas" que, sumado a la incertidumbre de no saber cómo expresarse frente a su rostro, embriagaba su cuerpo de sacudidas que le atemorizaban y, a la vez, le hacían sentir su protección. Se mostraba frágil ante tal portento creador de belleza, de la más gran belleza, como Sémele abrasada al calor de la perfección. Y eso le daba una felicidad atroz, un miedo eufórico y demencial.
Desorientada sobre la cama desde donde veía el borde -el abismo-, le suplicó con gotas de temblor que le dejara deslizarse horizontalmente. Las sienes le desequilibraban, pesadas como yunques que estallaban tras sus ojos desde donde el cariño nacía con forma de manantial. Y las palabras, único escudo imperecedero, se habían desvanecido entre los parpadeos centelleantes que se evitaban entre ambas.
Se tumbó, y ella le reiteró. Nariz helada contra manos escondidas.
Les separaba una barrera incorpórea de centímetros que las alejaba años luz. En un lado la inseguridad, en otro la culpabilidad. Ella observaba desde su parte de la frontera como aquel niño que está a punto de notar la lluvia por primera vez y que vislumbra, tan lejos y tan cerca, aquello que sabía que existía pero que era una verdad negada.
Realidad cubierta de un plúmbeo velo contra el que sus fuerzas eran insuficientes para destapar.
Pero su agitación, todo nervio, traspasó tanteando cada movimiento de su boca para no fallar en nada de su petición, estirando los brazos hasta el infinito de aquella ciudad hecha de sábanas. Reclamaba serenidad y respuestas mudas; imploraba la cura de aquellas heridas putrefactas que la oscurecían por dentro como un torbellino ilimitado de la mismísima Laguna Estigia.
Y destruyeron el muro con las mil revoluciones en las que palpitaban, sin más sonido que el encaje de sus extremidades y el eco metafórico de una música de piano.
"Sputnik, mi amor"

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