Primero le vio, le proyectó y le deseó; pero le tuvo que
inventar a base de rumores e imágenes filtradas por la selección de anónimos
ajenos al interés de su indagación.
Después le habló, y su ilusión pareció encajar perfectamente
con la realidad. No dejaba que se diera
un solo paso que ella antes no le hubiera planteado a su mente cómo debía
producirse.
Luego le tocó y pudo ser capaz de afirmar que le conocía, sin
darse cuenta de que no había abandonado en ningún momento el estatismo en el
que la imaginación le mantenía, flotando
con los músculos agarrotados y exasperando suspiros que empañaban la ventana
que daba hacia la mañana. Maldita mañana.
Lo que ocurrió más tarde fue rápido, que no fácil. Como un
corte perfecto hecho con un folio nuevo. Le olvidó. O simplemente le arrinconó
en aquella galería mental que sólo se abre cuando se va buscando y revolviendo
algún momento concreto hasta que el error demuestra que no era ahí a donde se
quería llegar. Y se desempolvan, con tacto minucioso y nostálgico, las figuras
besadas y los rostros acariciados, a los que apetece volver a transitar sobre
ellos -porque con los recuerdos se consigue cortar la noción del pasado-, pero
que no son más que las reliquias de la propia intrahistoria que se rebajan a
ser una mezcla de la ficción que fue construida y la realidad que sigue
difuminada.
Y fue entonces, en la disección entre el convencimiento de su
existencia y el ansia de hacerle desvanecer cuando decidió que podía volver a
crearle. Le deshumanizó en la
experiencia que le hizo sentirle más humano, fuera de su invento. Y pudo ver su
organismo en movimiento gracias al trazo de las letras, su respiración en cada
espacio y su pelo en cada arruga del papel. Para siempre.
Gracias, Samuel.
Por ti pude hacer que la eclosión de tu persona y mis
sensaciones una noche concreta pudieran ser inmortales e igual de perfectos que
cuando se dieron lugar. Que la
literatura se hiciera vida: Parte de mi vida. Parte de tu vida
“Y que retornaras”

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