miércoles, 17 de octubre de 2018

Variación en la pigmentación del iris

Estoy enredada en una, en dos, en hasta cuatro
zarzas,
y solo tengo los tobillos vestidos,
por unos tirones apresurados
y unos besos férreos.

Estoy leyendo castillos en el aire de realismo mágico
-de cuando los primeros días son Japón y la flor de cerezo-
y relatan lo que tuve, lo que tengo, lo que puedo tener.
Pasado – Presente – Posible.
No lo que tendré. Eso no.

La misma sonrisa
que percute en distintos ojos.
De niña pilla.
Los mismos ojos
que me arrancan los mismos dientes.
Deporte femenino.
Ojos que muerden, que prometen,
que me cambian de color,
que hacen de la vigilia
una apnea del sueño.

Estoy vendiéndome humo
porque ahora soy fumadora pasiva-
agresiva.
Y calo la euforia sin llegar a tragármela,
porque me ahogo. Porque no sé hacerlo.
De niña inexperta.
De niña buena
empapelada con dibujos de mujeres tristes.

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Siempre que estuvieras no tendría que buscar mi casa.
Siempre que estuvieras no tendría que añorar mi casa.
Siempre que estuvieras tendría casa.

Pero de casa a cárcel
solo hay tres letras de diferencia:

Ana.


De niña adulta.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Auxilio

Yo soy buena.

Soy tierna, desde las raíces del pelo hasta las puntas de los dedos,
por las que apenas puedo alcanzar todo lo que quiero.
Hay piel, hay hueso, pero no es suficiente.
Pero seré más tierna, más suave. Seré más.

Soy complaciente, por cada cosa que me piden, o que no;
por cada negación a la que tengo que adorar,
por cada insulto, por cada humillación, por cada vez que me crea algo.
Pero me creeré menos. Creeré más.

Soy dulce, y a mis besos le preceden los párpados apretados,
con el ansia tenue, con el flequillo por delante, y los labios pidiendo.
Pero pediré menos. Esperaré más.

Soy cariñosa. Una proyección de estar llena de amor.
Aunque esté vacía,
por desparramarlo todo.
-Pero quédate algo-.
Daré más.

                                        La calle está llena de briznas de cariño.

Soy autodestructiva.
Cuando dejo de leer,
y de escuchar,
y de recordar.
Cuando busco
sin encontrar.
Cuando aspiro
sin oler.
Cuando abrazo
con las piernas.
Cuando grito
con la mirada.

Libre
de mí,
y cautiva
de mí.

Y ya no soy tierna,
ni soy complaciente,
ni dulce,
ni cariñosa.

Para reconocer que yo no soy buena.

Que yo no soy esa. No soy esa.
No soy.


                                        A veces morimos por una brizna de cariño.













domingo, 23 de abril de 2017

martes, 21 de marzo de 2017

''

Todo contigo es un segundo,
donde hay que decidir si abrirte la puerta o mandarte a tu casa.
Donde un beso en el hombro, sutil, impreciso,
llena la calle de ruido, de fiesta.
Donde gritarme "preciosa" a la cara
hace que la boca me tiemble hasta quedarme sin dientes de sonreírte.
¿Cuantas veces más?

Todo contigo es un segundo,
donde hay que decidir si correr tras de ti o quedarse esperándote.
Donde encontrarte por la calle causa arritmia.
Donde mencionarte da hasta pavor.
Donde la falta de tu olor es falta de oxígeno.
¿Cuándo he de marchar?

Todo contigo es un segundo,
en el que viajar buscando la nada.
Donde esconderse para aspirar el mar, acariciarse con tus dedos y ser feliz.
¿Hacia dónde te he de llevar?

Todo contigo es un segundo.
Donde un grito ahogado en la curva de mi cuello
me convierte en Afrodita sin más espuma que tu saliva.
Donde una bofetada se impone a mi apellido.
Donde las mejillas me explotan rojas de rabia,
y mi piel está celosa
y mi boca está celosa
y mis manos están celosas.

Pero todo contigo es un segundo,
¿cómo no te voy a perdonar?

Cuántos universos paralelos habrá,
y sin embargo todos confluyen igual en todo ese segundo.

No hay otras Ana cuando estás en mi habitación.

Todo contigo es un segundo
que a la eternidad se le queda grande.





[Anilla. Barcelona, 21 de marzo. 
Día internacional de la poesía.
Segundo día de primavera del 2017. ]




miércoles, 1 de marzo de 2017

Regalar unas flores, y sonreírles aunque ya estén muertas.
Recibir unas flores, y llorarles porque ya estás muerta.
Vestir con flores, por querer revivir.
Regar una flor, aunque no vaya a sobrevivir.







En Barcelona solo es primavera un día de abril.

¿Cuántas primaveras hay en China?

jueves, 9 de febrero de 2017

Sin


No quiero hablar, solo me apetece decir tu nombre.
Cuánta lujuria.

Mi boca seca y mi sexo empapado se pelean por tu saliva
a cada momento que se me embota el cerebro con el eco de tus gritos.
Cuánta envidia.

Nunca las vocales habían tenido una connotación tan física. 
Te salen de la garganta directas a mi estómago,
a la vez e igual que cuando te succiono de placer hasta que me abofeteas con un "basta, 
empezamos otra vez".
Cuánta ira.

Es ver que me miras, incluso cuando no hay luz, y que las mejillas se me pongan rojas, como si me estallara una botella de vino en la cara y me la bebiera de un trago.
Cuánta gula.

Y me olvido de esa humildad por querer, con vergüenza, gustarte, 
porque tú, con todo lo que sobresale de tu cuerpo, 
me haces increíblemente guapa.
Cuánta soberbia.

Se me sale la vida por la piel con cada caricia de tus dedos,
y exijo más. Más caricias. Más dedos.
Cuánta avaricia.

Y el tiempo se empeña en que le alcancemos en su carrera y que (nos) corramos más que él, que tiene prisa.
Cuánta pereza.

Que casi no puedes respirar al decir "no puedo más, me voy". 
Que te vayas, como sea,
que me voy contigo.
Que me quiero, contigo.

Cuánto. Cuánto.


domingo, 6 de noviembre de 2016

Interno. Externo.

Con solo recordarlo, la electricidad de un rayo se expandía por mi columna.

“Quiero estar dentro de ti”,me decía, acariciándome los hombros,
haciendo que mis piernas se entreabrieran solas muy despacio.

Muy despacio.

Muy despacio.


Los temblores entumecían mis muslos.
-Los temblores humedecían mis muslos-.

“... estar dentro de ti” se colaba por mis oídos y retumbaba en mi garganta a golpe de gemido.
Era como si jugásemos a repetir lo que uno decía al otro, solo que mi respuesta paralela se construía en un idioma carente de palabras.
Una reacción causa-efecto de irremediable reciprocidad, de correspondencia sellada con un mordisco.

“...dentro de ti” eran todas las catástrofes atmosféricas.
Era llenarme los pulmones de huracanes,
eran mis venas derramadas dejando mis mejillas desbordadas de color rojo,
era mi pulso agitado por los seísmos de su cuerpo, por fin,
dentro de mi.

El rayo se proyectaba en mi columna,
y todas las sensaciones internas rebosaban de forma externa.

Y me quemaba, deshaciéndome en las innumerables chispas que desde el cielo no me atacaban,
sino que me elevaban consigo.

Y yo le llevaba conmigo.

Volvíamos a la Tierra,
también llamada cama, suelo, o cualquier superficie donde reposábamos nuestra respiración,
ya fuera de mí.

Aunque él ya estaba dentro antes de que me lo pidiese,
y no saldría ni aunque me/se lo suplicase.