lunes, 13 de mayo de 2019

V. La trilogía de los tres colores

Me duele.

Tengo jaqueca de «a mí siempre me apetece».
Y estoy hidratada, con las venas rebosantes de tinta de cristal,
de sangre de unicornios que comen hortensias.
Zarcas, desembocando en el envés de sus manos a toda escala de cielos.
De turquesa a índigo,
pero nunca a marino.

Eso me duele.

Porque la costa da señardá,
y él le recita a esta sirena de piernas amoratadas,
que antaño bailó bajo el agua, y ahora escribe con la voz ahogada.
Pero se olvida de que la vieron nacer los llanos,
y en la paleta de sus «si pudiera dibujarte» solo caben girasoles.
Cetrinos, para una corona hecha tarde,
pero nunca de noche.

Cuánto me duele.

Él aún disecciona las páginas que de adolescente me rajaron en canal.
Un lacre sellado en mi boca cuando todavía no usaba carmín,
ni me hacía trenzas de cobre.
Magenta oscuro, camelia borracha de tinto,
pero nunca de blanco.

Llevo más de 10 años en el primer capítulo:
Si el corazón pensara dejaría de latir.
Por eso la migraña repiquetea contra mis costillas.
Y por eso la imaginación bombea bajo mi cruz.
Por eso me mareo con la añoranza.
Por eso voy a desmayarme.

Porque solo tengo un corazón que no quiere pensar,
y más de 45 razones para echarte de menos.







Cuando iba a la escuela, me fascinaba que los colores primarios, procedentes de la mágica naturaleza del relámpago, dieran todos juntos, como resultado, el negro.

La luz es cegadora.

A veces amanezco como en una película de 1880, y el caballo corre desbocándose en su propio tizne.
Y no vemos nada.
La suerte, cariño, es que el equino, y yo, siempre llegamos hasta el fondo.
Hasta tu fondo.
Ese caleidoscopio conmemorado como la mejor de las obras de mi historia del arte.

Donde nada duele.
Donde nada se echa, ni siquiera de menos.
Y donde 
todo
es 
de color. 





Quedarse / VI.

Sentada en una piedra,
esperando,
como una perra
a la que me encantaría disparar,
pero que siempre acurruco en mi vientre.

En la oquedad del silencio,
esperando,
escribiendo una oda a una urna griega,
para hacerla inmortal,
pero en la que estoy presa.

Arañando sombras para verte,
esperando,
porque más de una noche te he tocado y te he sentido,
cuando me pedías abrazos fuertes,
pero dormida mi fuerza no era ni el aleteo de una abeja.

Amanezco con la angustia que se abre paso entre los huesos,
esperando,
con el dolor de un mal sueño,
y el letargo que no me avisa de que te has ido,
pero es el único argumento de la obra.

Con una soledad sonora,
esperando,
desesperando,
queriendo arrancar la tierra con los dientes,
pero esa tierra ya no cabe en el hoyo de donde se sacó.

Estoy en el rincón oscuro, donde yo siempre te quiero.

En la noche oscura del alma rota,
como las medias;
recogida,
como el pelo;
y desnuda,
como la espalda.
Mirando más allá de los fines y los términos.
Esperando.





El 13 de mayo de 2007, mi prima Fani falleció de cáncer de páncreas con 22 años. A pesar de que mi memoria acumula y evade demasiados recuerdos, puedo ver esa noche nítida, como un reflejo de mis lentillas.
Al día siguiente, leí, en voz alta, la elegía a Ramón Sijé. Y decidí que estudiaría filología.
Esa tarde, me despedí de ella, en la calle Miguel Hernández. Y decidí que escribiría. También poesía.

Este poema, montado a base de teselas de algunas de tantas voces que he leído (y que he sentido) es otro recuerdo, para todas aquellas veces en las que, remediable e irremediablemente, echamos de menos. Y echaremos de menos.




jueves, 2 de mayo de 2019

VIII. La nimiedad de la torpeza

Hazme pequeñita dentro de tu antebrazo,
girando como una bailarina en su caja de música.

La calle está ansiosa de vernos danzar, y nos manda olor a rosas.
La pobre desconoce que tus muslos son mi jardín.

Abre la boca para que me cuelgue de tu paladar.
Y apaga todas las luces, incluso la que no me disgusta.
En cuanto te toque la lengua voy a brillar más que Zeus, y no va a quedar ni una Sémele en toda la Tierra.
Aunque vino, todo el que quieras. Me está rebosando de los pechos.

Llévame a bucear, allí donde los peces son ciegos
y yo me ahogo con cada subida de marea que estalla desde tu ombligo hasta mis caderas.

Muérdeme, que te duela la piel.
Aráñame, que te duela el labio.
Abrázame, que te duela soltarme.

Y no pares.

Hazme gigante dentro de tu antebrazo,
girando como tu bailarina en tu cama de música.


jueves, 21 de marzo de 2019

IV. Se me está viendo la otra

Entra por la puerta y se quita el maquillaje,
y la ropa interior bonita.

Dice que está rabiosa.

Se pone a leer. A leerse debajo del flequillo.
A morderse los labios, a tensar las piernas,
a llenarse las manos
y todo el cuerpo
de dedos.

Dice que está envidiosa.

Se mira la piel, de nácar. Que la de la otra es de azucenas.
Se toca los codos, y las rodillas. A la otra le duelen los antebrazos, y las muñecas.
Escucha canciones, que hablan de tumbarse en el mar. La otra se tiende sobre caracolas.
Desentona, ensordeciendo sus propios agudos. La otra sabe cantar sin abrir la boca.
Escribe rojo sobre blanco, corrección ante creación. La otra es concursante de poesía.

Y campeona de poesía.
Y poesía.

Dice que está celosa.

Ella tiene miedo, y duerme mal, y tiembla cuando sale de su casa.
La otra es implacable, y poderosa, y tiembla cuando entra a tu casa.

Tiemblan.

Porque no se tienen en pie cuando piensa, una, o recibe, la otra, tus besos.
Ni saben hasta dónde pueden, una, desearte, la otra, tenerte.

Tiemblan,
de ansia, de terror, de risa, de amor,
de espacio, de tiempo. Por querer. Por quererte.
Te quieren
las dos, vestidas de Salinas, pero sin pisar la playa.

La una, porque está rabiosa.
La otra, porque está contigo.
Y yo las miro y les recito.

Pero solo atienden cuando tú las dibujas.
Con el pelo del color de una moneda antigua,
llenas de topos,
de caricias,
y de sueños.

Caóticas. 
               Preciosas. 
                              Enamoradísimas todas.

Ellas dos. 
               Nosotras tres. 
                    
 Y todas las millones que habitamos aquí.





Inspirado en «Se te está viendo la otra», de Pedro Salinas (La voz a ti debida, 1933)


viernes, 8 de marzo de 2019

La Bubún

La Bubún era una niña a la que tenían que llevar con una bruja para que dejase de gritar.
Una niña que planeó fugarse de casa con una amiga, pero que fue la única que tuvo valor para hacerlo.
Una niña de cuento, de esas que pueden vivir todo tipo de aventuras, de esas que hacen magia con los ojos.

Pero la Bubún tenía que crecer, pues ya se sabe que ni el mismísimo Peter Pan vive en la infancia eternamente.

Así que la Bubún creció, de niña a mujer.

Y entonces empezó a gritar, porque sabe cantar y su risa es capaz de destruir a todas las brujas.
Y planea fugarse de casa sola, para conquistar el Amazonas, volar en bici por el desierto y dormir tapada de estrellas.
Y las aventuras y la magia descansan en una maleta transformadas en recuerdos que no tienen fecha de caducidad.

Pero la Bubún aún tenía que crecer más, porque el cuento se convirtió en batalla.

Así que la Bubún creció, de mujer a heroína,
con el pelo tan largo como los ríos que navegaría,
y el corazón tan grande como el océano que cruzaría.

Fuerte, hermosa y única.

Y nosotras, aunque estamos lejos, y aunque también somos unas amigas que no la acompañaron a fugarse de casa, esperamos su regreso.
Para que nos cuente sus cuentos, para que nos hable de todas las batallas ganadas, y, sobre todo, para volver a sentirla crecer.






Para Cami. Y para todas.

viernes, 15 de febrero de 2019

VII. El universo está a 40 grados y no tiene detector de humos



mónada

                                                                      nombre femenino
                                                                      En la filosofía de Leibniz (filósofo alemán, 1646-1716), ser simple e  indivisible que constituye en sí una imagen esencial del universo.




Delicada y frágil se posa la tórtola en el arbolito de mi jardín, hasta que una perra, juguetona y madrugadora, la espanta con el taconeo de sus patas contra el suelo.
Involuntariamente sutil.

Con cuidado, retrocediendo 20 años atrás -o más- mi madre posa su mano sobre la manta de los inviernos, la que no pica, desde mi cuello hasta mis tobillos, para resguardarme del frío en la siesta. Eternamente infantil.

Despacio, cálido, suave, con olor a caramelos de leche que no me hace apretar los puños, pero sí chirriar los dientes, es el posar en mi pecho la última niña de mis apellidos. Mofletuda, pequeñísima, ajena a mí, y ajena a todo mal.
Increíblemente feliz.



Qué bonito se posa la tórtola,

qué pausado se posa mi madre,

qué dulce se posa a la niña.



La oda a los pequeños detalles, a la ternura del hogar, al recuerdo, era un comienzo de comparación donde ir a buscarte.

Porque es bonito cómo tus dedos se posan en mi muslo y acarician la tensión de mi miedo al pasear sin mirarte 200 kilómetros. Hoy.

Es pausado cómo tu boca se posó en mi vida y me sacó el alma del revés que, desnuda de vergüenza, se ha mudado a vivir contigo. Todavía.

Y es dulce cómo tu poesía se posará en mi rodilla y me dejará con la mente embotada de humo blanco y palabras que no hace falta articular. Siempre.

Hoy, todavía, y siempre, haciendo que la plenitud sea tu cuerpo tumbado junto al mío,
y quitarte las gafas porque te has quedado dormido.

Todavía, hoy, y siempre, sintiendo que la gracia del mundo entero bombea mi sangre desde dentro de ti, con un beso que dura más que toda la música.

Siempre, siempre, y siempre, siendo consciente de que no hay comparación, de que no hay que ir a buscarte, de que no hay oda a un recuerdo.

Porque tú, siempre, eres la felicidad de saber cómo soy:

increíblemente feliz.












lunes, 4 de febrero de 2019

III. Trance

No me digas que vas a tirar de mí y vamos a explotar.
Yo no soy el verano que odias,
ese sin determinante artículo determinado.
Ese de cantar "por favor, déjame hacer lo que yo quiera" cuando nadie prohibió nada.

No me reproches que me fumo tus horas.
Si depende de ti que tenga o no abstinencia, y sabes que no me trago el humo.
Yo solo te buscaba para hacerme daño,
pero te has empeñado en que me moje el pelo en tus hombros
y que escucharte, olerte, mirarte, tocarte y comerte
me tengan aterida por no llegar nunca a secarme.

Si es que yo no tengo la culpa
"que la culpa es de la tierra".
Me sale solo parafrasear al poeta,
como si no tuviera palabras
cuando hablo con las piedras,

cuando hablo con el viento,
cuando hablo con el frío, con el tiempo
que me ha dejado sin aliento
desde que supiste del hueso de mi cadera.

Como si palabras no tuviera,
da igual que le cambie el orden.
Reiterativa, repetitiva y reincidente,
releyéndome cada día para ti.

Que me sientes y me das de hostias con todo lo que ya sé y presumo de ello.
Y te las devuelvo, hasta que abrimos los párpados y está todo el amor tirado por los suelos.

Y a ver quién limpia todo esto.

Que quieres más. Saber más. Estar más. Ser más. Más para ti.
Un egoísta que se puede ahogar
y yo hace años que no buceo.
Y no aguanto. Y no puedo. No puedo.
No puedo.
No quiero.
Que no.
Que no.
No.
No.
No.
No.




















                      O sí.
                      Sí.
                      Sí.
A ti
sí.



Te escribí como 40 poemas esta semana, dijiste.

Te deseé como 40 veces este día, digo.

Bueno, 40 veces no.




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