Todo era más fácil cuando me querías
escuchar,
cuando el no dormir era un problema de
ambos, simultáneo.
Cuando el verbo “irse” no requería
desplazamiento.
Supongo que la falta de raciocinio de
ese “nuestro” tenía que culminarse así, con la mezquindad de
su mismo principio.
Y no lo culpo, pues ya sé que soy
propensa a albergar la derrota, y que te me volabas de las manos
antes de dejarme asumir que éramos iguales.
No soy autoridad para responsabilizarme
de lo que fuiste en mí, pero tampoco una mártir que se torture por
ello.
O eso creería si la conciencia y la
pérdida me dejaran coger aire y tragar saliva, sin que tenga la
sensación de que todo me sobra en el cuerpo excepto tú.
He deseado que desaparezcas, y lo has
hecho. Pero es insuficiente.
Las agujas que marcan el tiempo me
están drenando en una diálisis infinita que me repite tu sabor.
He suplicado que te mueras, y entonces
he comprendido que si lo hacías, estarías eternamente conmigo.
Ya se notaba mi falta de asiduidad en
este purgatorio.
Me dijiste que nunca me mentirías. No
a mí.
Y por eso me desnudé, como si me
regalaras libros,
en cada uno de mis rincones
descompuestos, como el que hay en mi cama.
No te lo reprocho, ya no importa. Se
borrará tu presencia de mi piel, aunque haya que levantar la costra
mil veces. Aunque queden cicatrices.
Las caricias, los besos y los pellizcos
ya solo me hacen sangre.
Esto no es un epitafio para intentar
que empatices con mis temblores.
Esto es el capítulo final de aquello
que tú me dijiste que fue “el primero de todos”,
y que yo ahora cierro como el último
de nada.
Porque es absurdo buscarme en aquella
que te “hacía desvariar”.
Porque es necio quedarse en el
constante echarte de menos.
Y porque es inútil sentenciar que te
quiero,
más que a todo,
más que a nada.