miércoles, 31 de julio de 2019

IX. Bang, bang


Anocheciendo y amaneciendo al mismo tiempo,
se me pierde la noción, y no entiendo para qué sirve una ventana.

Por mi cuerpo corren chispas, relámpagos, 
que me hacen murmurar, maullar, ronronear,
que erizan tu nuca desde mis yemas,
te arrancan la euforia sin tocarte,
y cuando se te olvida,
las cosquillas no se distinguen del orgasmo.

Pero también

por mi cuerpo corren ríos, monzones,
que me hacen temblar, escapar, gritar,
que ciñen mi mirada en un punto sin retorno,
me arrancan la rabia sin tocarte,
y cuando se me olvida,
la calma no se distingue del sueño.

No me siento.

Duermo
pegando los párpados lo más cerca de tu espalda,
para que mi oniria no huya de estas cuatro paredes.
Tres blancas
y una azul. O verde. O azul verdoso.

Duermo
en el lado izquierdo de este reino,
que es tu cuerpo.
Los espasmos te desvelan,
y desde tu trono me vigilas.


Te preguntas, y me preguntas, qué se puede hacer.
Y acaricias mi melena, esa que llamas ardiente,
pero son las flores las que me están quemado.

Cariño, ponte enfrente,
Tengo mucho calor.
Y te preguntas, y me preguntas, dónde hay que cortar.

Cariño, mírame.
Tranquilo, esto no es una diana.
No te preguntes, no me preguntes, si hay que disparar.

La cruz de mi pecho es el mapa del tesoro,
y tú tienes la llave que hay que hacer girar.

Ábreme, hazlo ya,
que tengo zorros huyendo del incendio,
y tu boca es toda la brisa asturiana,
y lo único que me puede paliar.

Estás aquí,
ya me siento.
Sé que no te irás.

Para amanecer y anochecer al mismo tiempo,
y entender que la ventana
solo sirve para que entre la luz,
para mirarte.





Foto: Félix Francisco Casanova

martes, 16 de julio de 2019

Escucha mi silencio con tu boca


Giran poetas en este uni-verso
y estallan planetas con un único beso.



Viento gris saliendo por la nariz, impregnando la noche de excusas para salir, para hablar,
para conocerla más.
Espera que le quede sexy eso de fumar. Mañana quizá el resultado demuestre que sí era como una estrella de cine con el pitillo en la boca; o quizá sienta todo lo contrario al oler su ropa como cuando volvía de fiesta antes de 2006.
A sus 27 años todavía le da vergüenza pedir cajetillas en el estanco.

-¿Has estado en el Marsella? Es donde Picasso iba a ponerse ciego.

-No, llévame.

Ella dice que allí es famosa la absenta, y él paladea el último chupito endemoniado que tomó con 18 años en el peor antro de Salamanca. Acabó con una multa por mear en la calle. Nada nuevo.
Lleva ya dos copitas de ese líquido con color a pis mezclado con terrones de azúcar. La verborrea sale de su boca con el chisporroteo del brillo de sus ojos.
Ilusión con prólogo de cogorza.

-Vamos a jugar a ver quién dice más sinónimos de «borracho».

Él acaba ganando, o eso cree. Qué más da, ni que tuviera que sorprender a alguien. Eso piensa, aunque haya sacado a la mesa toda la artillería y esté creyéndose que en su imperio no se pone el Sol.
Lo que le apetece es leerle. Para eso habían quedado. Y aunque considere que todo lo que hace es basura, desea abrir la asquerosa libreta y recitar. Nada de lo que está escrito es para ella, eso sería imposible. Pero quiere que sepa que hace este tipo de cosas. Que es romántico y sensible (sin llegar a ser cutre, por supuesto). Que puede hacerlo mejor. Y que puede hacerlo para ella,

y por ella.

Entonces, brota en la conversación el realizar el comedido acordado y, claramente, acepta. Joder, si lleva dos días sin parar de pensar en que va a leer delante de alguien, y encima presumiendo con sus amigos de que lo va a hacer, como si fuera su mayor hazaña, su último trabajo hercúleo. Ya ves tú.
Y sí, que luego ella piense lo que le plazca; que es un genio, o que es un aficionado, o que no llega ni a poeta de bragueta. Lo propuso y a ambos les pareció buenísima idea, así que, si estalla de euforia, que ella asuma las consecuencias.

En el Raval no hay sitios demasiado íntimos, y por supuesto no van a leer en el bar.
No hay que repartir arte así, al tuntún. Ni salpicar de mierda a otros que no tienen la culpa, tampoco es eso.

-Vamos al parque este que hay aquí al lado, que no habrá mucha gente.

No, para nada. Solo un montón de perros y sus humanos, un grupo de canis escuchando flamenquito, y los habituales que han evolucionado de tomarse litronas a reunirse en círculo para compartir jeringuilla.
Un lugar bucólico por excelencia.
Pero le tiene cierto cariño.

Les toca decidir quién empieza, ya desacomodados, porque ha llegado el momento de pasar de lo superficial a lo visceral.

No sabe si son los chupitos, el calor aún latente de finales de septiembre o la embriaguez de la situación, pero no siente los nervios de abrir sus textos en canal. Ni de que, de repente, le hayan invadido unas ganas tremendas de comerle la boca. Despacio, como un caramelo, pero comérsela. Saborearla un buen rato, y de ahí seguir tan normal, aunque con la sensación tangible de que se acostaría en sus labios sin programar el despertador.

Pero no, no van de eso. Van a conocerse, de dentro afuera; tantas sonrisas son por hablar de libros, que son ellos muy profundos.

Lleva escrito el único texto que leyó una vez en cuarto de carrera, aunque lo escribió en segundo. Dios, es horrible, mejor quemarlo y ver cómo salen fantasmas del humo. Se decide por otro. Uno deprimente, de alma atormentada.
Silencio. La sensación es de alivio. El texto es excesivamente amargo, pero el haberse oído y haber sido escuchado le deja un regusto dulce, dulcísimo. Le toca a ella.

Un texto de amor no correspondido, de rabia, de tristeza.
«A mí solo te dejaría hacerme claroscuros. Mete toda la pena que quieras, que el último verso brillará con luz propia.»

Eso no lo piensa ahora, demasiado pronto. O quizá sí. Vuelve a ser su turno.
Uno erótico. Un arco iris de sensaciones. Cuando termina, se arrepiente. No quiere que piense que es un cerdo y que ella tiene que entender entre líneas. Mierda.
Pero le devuelve un gesto tierno, apacible, y le regala otro.

Sin darse cuenta y obviando los gritos que el dueño le estaba pegando a Gorda, una perra que no estaba por la labor de volver a su casa, pasan de la mano por los textos viejos de cada uno, como atravesando las pantallas de un videojuego, y sin necesitar vidas. Solo la que se están contando, a matices, a pinceladas.

A ella le flipa el impresionismo.

-Uf, me estoy meando, voy allí detrás y… ¿vamos a algún sitio?

Él la espera, de pie. El alcohol se disipa en el trance de anáforas que ni se acordaba de haber escrito, y de metáforas desconocidas que le han empapado la epidermis. ¿Por qué cojones no ha conocido a esta tía antes?
Le encanta, le está encantando, y no como sinónimo del verbo gustar, que también.

Esto sí que es Wingardium Leviosa.

Ella vuelve, balbuceando vete a saber el qué, enseñando todos los dientes y con las pupilas centelleantes y gordas como la luna. Gordas como la perra Gorda.
Y entonces ahí viene. No tiene nada que ver con lo que ella estaba diciendo, ni nada que ver con lo que él estaba pensando. Nada en ese preciso instante ayudaba a contextualizar. No hay referencias ni profecías goteantes. No venía a cuento, pero ahí llega la correspondencia.
Y ya está.

El beso. Suave, pausado, imperceptible.

No es un pico, no es un beso con lengua, no es ni siquiera un roce casual, o cordial.
Es un sello con lacre, el último trazo de la firma de un cuadro (uno bueno, uno de libro), el golpe de platillo al final del concierto.
El beso de Klimt, el beso de Rodin, el de Eisenstaedt, los de Cinema Paradiso, hasta los de la puñetera canción de El Canto del Loco.
Todos esos, fuera.
Todos esos son de risa.

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Porque él y yo hemos reventado en un Big Bang,
y ya nunca más hemos vuelto a cerrar la boca.



lunes, 13 de mayo de 2019

V. La trilogía de los tres colores

Me duele.

Tengo jaqueca de «a mí siempre me apetece».
Y estoy hidratada, con las venas rebosantes de tinta de cristal,
de sangre de unicornios que comen hortensias.
Zarcas, desembocando en el envés de sus manos a toda escala de cielos.
De turquesa a índigo,
pero nunca a marino.

Eso me duele.

Porque la costa da señardá,
y él le recita a esta sirena de piernas amoratadas,
que antaño bailó bajo el agua, y ahora escribe con la voz ahogada.
Pero se olvida de que la vieron nacer los llanos,
y en la paleta de sus «si pudiera dibujarte» solo caben girasoles.
Cetrinos, para una corona hecha tarde,
pero nunca de noche.

Cuánto me duele.

Él aún disecciona las páginas que de adolescente me rajaron en canal.
Un lacre sellado en mi boca cuando todavía no usaba carmín,
ni me hacía trenzas de cobre.
Magenta oscuro, camelia borracha de tinto,
pero nunca de blanco.

Llevo más de 10 años en el primer capítulo:
Si el corazón pensara dejaría de latir.
Por eso la migraña repiquetea contra mis costillas.
Y por eso la imaginación bombea bajo mi cruz.
Por eso me mareo con la añoranza.
Por eso voy a desmayarme.

Porque solo tengo un corazón que no quiere pensar,
y más de 45 razones para echarte de menos.







Cuando iba a la escuela, me fascinaba que los colores primarios, procedentes de la mágica naturaleza del relámpago, dieran todos juntos, como resultado, el negro.

La luz es cegadora.

A veces amanezco como en una película de 1880, y el caballo corre desbocándose en su propio tizne.
Y no vemos nada.
La suerte, cariño, es que el equino, y yo, siempre llegamos hasta el fondo.
Hasta tu fondo.
Ese caleidoscopio conmemorado como la mejor de las obras de mi historia del arte.

Donde nada duele.
Donde nada se echa, ni siquiera de menos.
Y donde 
todo
es 
de color. 





Quedarse / VI.

Sentada en una piedra,
esperando,
como una perra
a la que me encantaría disparar,
pero que siempre acurruco en mi vientre.

En la oquedad del silencio,
esperando,
escribiendo una oda a una urna griega,
para hacerla inmortal,
pero en la que estoy presa.

Arañando sombras para verte,
esperando,
porque más de una noche te he tocado y te he sentido,
cuando me pedías abrazos fuertes,
pero dormida mi fuerza no era ni el aleteo de una abeja.

Amanezco con la angustia que se abre paso entre los huesos,
esperando,
con el dolor de un mal sueño,
y el letargo que no me avisa de que te has ido,
pero es el único argumento de la obra.

Con una soledad sonora,
esperando,
desesperando,
queriendo arrancar la tierra con los dientes,
pero esa tierra ya no cabe en el hoyo de donde se sacó.

Estoy en el rincón oscuro, donde yo siempre te quiero.

En la noche oscura del alma rota,
como las medias;
recogida,
como el pelo;
y desnuda,
como la espalda.
Mirando más allá de los fines y los términos.
Esperando.





El 13 de mayo de 2007, mi prima Fani falleció de cáncer de páncreas con 22 años. A pesar de que mi memoria acumula y evade demasiados recuerdos, puedo ver esa noche nítida, como un reflejo de mis lentillas.
Al día siguiente, leí, en voz alta, la elegía a Ramón Sijé. Y decidí que estudiaría filología.
Esa tarde, me despedí de ella, en la calle Miguel Hernández. Y decidí que escribiría. También poesía.

Este poema, montado a base de teselas de algunas de tantas voces que he leído (y que he sentido) es otro recuerdo, para todas aquellas veces en las que, remediable e irremediablemente, echamos de menos. Y echaremos de menos.




jueves, 2 de mayo de 2019

VIII. La nimiedad de la torpeza

Hazme pequeñita dentro de tu antebrazo,
girando como una bailarina en su caja de música.

La calle está ansiosa de vernos danzar, y nos manda olor a rosas.
La pobre desconoce que tus muslos son mi jardín.

Abre la boca para que me cuelgue de tu paladar.
Y apaga todas las luces, incluso la que no me disgusta.
En cuanto te toque la lengua voy a brillar más que Zeus, y no va a quedar ni una Sémele en toda la Tierra.
Aunque vino, todo el que quieras. Me está rebosando de los pechos.

Llévame a bucear, allí donde los peces son ciegos
y yo me ahogo con cada subida de marea que estalla desde tu ombligo hasta mis caderas.

Muérdeme, que te duela la piel.
Aráñame, que te duela el labio.
Abrázame, que te duela soltarme.

Y no pares.

Hazme gigante dentro de tu antebrazo,
girando como tu bailarina en tu cama de música.


jueves, 21 de marzo de 2019

IV. Se me está viendo la otra

Entra por la puerta y se quita el maquillaje,
y la ropa interior bonita.

Dice que está rabiosa.

Se pone a leer. A leerse debajo del flequillo.
A morderse los labios, a tensar las piernas,
a llenarse las manos
y todo el cuerpo
de dedos.

Dice que está envidiosa.

Se mira la piel, de nácar. Que la de la otra es de azucenas.
Se toca los codos, y las rodillas. A la otra le duelen los antebrazos, y las muñecas.
Escucha canciones, que hablan de tumbarse en el mar. La otra se tiende sobre caracolas.
Desentona, ensordeciendo sus propios agudos. La otra sabe cantar sin abrir la boca.
Escribe rojo sobre blanco, corrección ante creación. La otra es concursante de poesía.

Y campeona de poesía.
Y poesía.

Dice que está celosa.

Ella tiene miedo, y duerme mal, y tiembla cuando sale de su casa.
La otra es implacable, y poderosa, y tiembla cuando entra a tu casa.

Tiemblan.

Porque no se tienen en pie cuando piensa, una, o recibe, la otra, tus besos.
Ni saben hasta dónde pueden, una, desearte, la otra, tenerte.

Tiemblan,
de ansia, de terror, de risa, de amor,
de espacio, de tiempo. Por querer. Por quererte.
Te quieren
las dos, vestidas de Salinas, pero sin pisar la playa.

La una, porque está rabiosa.
La otra, porque está contigo.
Y yo las miro y les recito.

Pero solo atienden cuando tú las dibujas.
Con el pelo del color de una moneda antigua,
llenas de topos,
de caricias,
y de sueños.

Caóticas. 
               Preciosas. 
                              Enamoradísimas todas.

Ellas dos. 
               Nosotras tres. 
                    
 Y todas las millones que habitamos aquí.





Inspirado en «Se te está viendo la otra», de Pedro Salinas (La voz a ti debida, 1933)


viernes, 8 de marzo de 2019

La Bubún

La Bubún era una niña a la que tenían que llevar con una bruja para que dejase de gritar.
Una niña que planeó fugarse de casa con una amiga, pero que fue la única que tuvo valor para hacerlo.
Una niña de cuento, de esas que pueden vivir todo tipo de aventuras, de esas que hacen magia con los ojos.

Pero la Bubún tenía que crecer, pues ya se sabe que ni el mismísimo Peter Pan vive en la infancia eternamente.

Así que la Bubún creció, de niña a mujer.

Y entonces empezó a gritar, porque sabe cantar y su risa es capaz de destruir a todas las brujas.
Y planea fugarse de casa sola, para conquistar el Amazonas, volar en bici por el desierto y dormir tapada de estrellas.
Y las aventuras y la magia descansan en una maleta transformadas en recuerdos que no tienen fecha de caducidad.

Pero la Bubún aún tenía que crecer más, porque el cuento se convirtió en batalla.

Así que la Bubún creció, de mujer a heroína,
con el pelo tan largo como los ríos que navegaría,
y el corazón tan grande como el océano que cruzaría.

Fuerte, hermosa y única.

Y nosotras, aunque estamos lejos, y aunque también somos unas amigas que no la acompañaron a fugarse de casa, esperamos su regreso.
Para que nos cuente sus cuentos, para que nos hable de todas las batallas ganadas, y, sobre todo, para volver a sentirla crecer.






Para Cami. Y para todas.