Admiraba cada palabra que conformaba el tropel sonámbulo de su cabeza, parroquiano más habitual de un hemisferio que de otro (al caos le gusta emborracharse de emociones).
Ella estaba tan confusa que sólo podía encontrar una explicación si tenía fe por primera vez en su vida y creía en que había algo más allá del entendimiento. No era arte, no era talento, no era magia. Era divinidad.
Tal esplendor emanaban todas sus maravillas a las que llamaban "rarezas" que, sumado a la incertidumbre de no saber cómo expresarse frente a su rostro, embriagaba su cuerpo de sacudidas que le atemorizaban y, a la vez, le hacían sentir su protección. Se mostraba frágil ante tal portento creador de belleza, de la más gran belleza, como Sémele abrasada al calor de la perfección. Y eso le daba una felicidad atroz, un miedo eufórico y demencial.
Desorientada sobre la cama desde donde veía el borde -el abismo-, le suplicó con gotas de temblor que le dejara deslizarse horizontalmente. Las sienes le desequilibraban, pesadas como yunques que estallaban tras sus ojos desde donde el cariño nacía con forma de manantial. Y las palabras, único escudo imperecedero, se habían desvanecido entre los parpadeos centelleantes que se evitaban entre ambas.
Se tumbó, y ella le reiteró. Nariz helada contra manos escondidas.
Les separaba una barrera incorpórea de centímetros que las alejaba años luz. En un lado la inseguridad, en otro la culpabilidad. Ella observaba desde su parte de la frontera como aquel niño que está a punto de notar la lluvia por primera vez y que vislumbra, tan lejos y tan cerca, aquello que sabía que existía pero que era una verdad negada.
Realidad cubierta de un plúmbeo velo contra el que sus fuerzas eran insuficientes para destapar.
Pero su agitación, todo nervio, traspasó tanteando cada movimiento de su boca para no fallar en nada de su petición, estirando los brazos hasta el infinito de aquella ciudad hecha de sábanas. Reclamaba serenidad y respuestas mudas; imploraba la cura de aquellas heridas putrefactas que la oscurecían por dentro como un torbellino ilimitado de la mismísima Laguna Estigia.
Y destruyeron el muro con las mil revoluciones en las que palpitaban, sin más sonido que el encaje de sus extremidades y el eco metafórico de una música de piano.
"Sputnik, mi amor"
martes, 20 de mayo de 2014
miércoles, 14 de mayo de 2014
Postales Presonalizadas // Capítulo 4: Eduardo
Primero le vio, le proyectó y le deseó; pero le tuvo que
inventar a base de rumores e imágenes filtradas por la selección de anónimos
ajenos al interés de su indagación.
Después le habló, y su ilusión pareció encajar perfectamente
con la realidad. No dejaba que se diera
un solo paso que ella antes no le hubiera planteado a su mente cómo debía
producirse.
Luego le tocó y pudo ser capaz de afirmar que le conocía, sin
darse cuenta de que no había abandonado en ningún momento el estatismo en el
que la imaginación le mantenía, flotando
con los músculos agarrotados y exasperando suspiros que empañaban la ventana
que daba hacia la mañana. Maldita mañana.
Lo que ocurrió más tarde fue rápido, que no fácil. Como un
corte perfecto hecho con un folio nuevo. Le olvidó. O simplemente le arrinconó
en aquella galería mental que sólo se abre cuando se va buscando y revolviendo
algún momento concreto hasta que el error demuestra que no era ahí a donde se
quería llegar. Y se desempolvan, con tacto minucioso y nostálgico, las figuras
besadas y los rostros acariciados, a los que apetece volver a transitar sobre
ellos -porque con los recuerdos se consigue cortar la noción del pasado-, pero
que no son más que las reliquias de la propia intrahistoria que se rebajan a
ser una mezcla de la ficción que fue construida y la realidad que sigue
difuminada.
Y fue entonces, en la disección entre el convencimiento de su
existencia y el ansia de hacerle desvanecer cuando decidió que podía volver a
crearle. Le deshumanizó en la
experiencia que le hizo sentirle más humano, fuera de su invento. Y pudo ver su
organismo en movimiento gracias al trazo de las letras, su respiración en cada
espacio y su pelo en cada arruga del papel. Para siempre.
Gracias, Samuel.
Por ti pude hacer que la eclosión de tu persona y mis
sensaciones una noche concreta pudieran ser inmortales e igual de perfectos que
cuando se dieron lugar. Que la
literatura se hiciera vida: Parte de mi vida. Parte de tu vida
“Y que retornaras”
miércoles, 7 de mayo de 2014
Piromanía
Soy completamente inflamable desde que me rociaste con tus
palabras, pues tengo el corazón tan hinchado que una chispa provocada por tu
saliva me convertiría en lenguas de fuego que devorarían cada esquina de mi
cuerpo, cada vértice de mis delirios.
Y sólo quedarían cenizas que se esparcirían por tu paladar,
ardientes de combustión, ardientes de ira por obligarlas a tener sabor a “no te
quise nunca”.
jueves, 1 de mayo de 2014
Queda terminantemente prohibido expresar algún tipo de sentimiento.
...Sigue hablándome por favor, pues cuanto más me digas más
destrozada me dejarás al acabar la conversación. Pero así podré sentirte cerca, acuñando mi corazón como si fuera tuyo (siempre ha sido tuyo). Y me quedaré sin
ganas de tragar saliva, de respirar, de latir.
Porque es así como consigues que se enaltezca mi perspectiva
de estar viva y de crear la belleza que ambos conocemos: la que tú haces
posible y yo reconozco y reproduzco bajo tus palabras de ignorancia que me
llenan de amor...
domingo, 13 de abril de 2014
Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 3: Casandra
Siempre estaba
lejos pero nunca ausente. Daba pasos sosegados entre todo aquello que
la rodeaba, sin hacerse notar pero sin huir del todo. Le ocurría
desde muy pequeña: para ella el placer era poder estar sola sin
necesidad de exponer a los demás su epitelio protector. Era un
límite demasiado poderoso hecho por ella y para ella, ¿para qué
compartir un espacio tan frágil si peligra a difuminarse entre lo
ordinario y lo común de la interactuación? No lograba entender por
qué la soledad tenía tantas connotaciones negativas. Disfrutar era
sinónimo de imaginar, y con cinco años era inalcanzable el poder
explicar la suficiencia de estar consigo misma.
Pero tuvo que
crecer intentando evitar su propia filosofía, estudiando al detalle
la comunicación. Los intercambios colectivos a veces se hacían
demasiado voluminosos y el deseo de desaparecer fulgía en cuanto se
cerraba un ciclo.
Sobrevivir a la
variedad de las relaciones humanas, receptivas y desconcertantes, es
una tarea exhaustiva y agotadora para quien se retroalimenta de sí
mismo, que se busca bajo el cuello de la camisa las respuestas a cada
frase, a cada mirada, a cada adiós. Y
cuando la comprensión es burlada demasiadas veces, uno opta por
desintegrarse para ahuyentar el dolor.
Pero ni aunque
lo ansiara podía estar totalmente sola y aquella noche, en aquel
conato de evaporación, Beatriz se lo demostró.
Y no hay
hastío si constantemente hay presencias que apelmazan caricias y
consuelo en la más completa clausura.
(There is still
hope.)
domingo, 6 de abril de 2014
Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 2: Minerva
No creo que nadie se haya nunca parado
a pensar alguna vez en la forma en la que llegó a conocer a cada una
de las personas que han pasado por su vida. No, ni mucho menos. Es
más, a la gran mayoría las olvidamos, y al resto que queda las
clasificamos entre “los de siempre”, “los de hace poco” y
aquellos que “vaya putada no poder hacerlos desaparecer”.
Hiponimia social inconsciente y
egoísta.
El paso del tiempo quiebra poco a poco
la certidumbre de nuestros recuerdos hasta difuminarlos en lo que
fueron (o no fueron). Es la mezcolanza irremediable que el desgaste
senil nos regala.
En su caso, siempre se había sentido
aturdida, a caballo entre el sueño y el mundo tangible y agotada por
el miedo ya no de perder lo que uno tiene, sino de perder lo que ya
no se posee. La esencia del recuerdo es tan vana y frágil como la
cadera de un octogenario y la consumición de la rutina impide cada
vez más la re-estructuración de nuestras capacidades. Padecía por
asentar sus decisiones en el pasado, condicionando al devenir de sus
agravios anteriores.
El presente era la (no) base de su
nihilismo.
Pero aquella reminiscencia tan
sumamente nula, imposible ni siquiera de hacer un esqueleto con sus
anécdotas más dudosas le hacía siempre llevarse una sonrisa a la
boca. Podía vivir de ella
sin necesidad de arrastrarse hasta los orígenes de sus
coincidencias. Porque el no recordar cómo había conocido a Esther
le regaló la amnesia de un cariño ilimitado que la hizo
inmortal.
(A mi escudo protector de la amenaza
temporal)
viernes, 4 de abril de 2014
Post-ales Pre-sonalizadas // Capítulo 1: Gala
Le decían constantemente que no podía evitar las recaídas, y que no importaba que tuviera que depender de pequeñas dosis químicas para acercarse a la felicidad. Era una felicidad artificial pero, a decir verdad, ¿podría ser algo más que una mera consecuencia de varios elementos artificiosos superpuestos? Ella por lo menos podía explorar los colores de aquello que le proporcionaba “bienestar”. Pero a pesar de aquella actitud pragmática y natural, el tener que tomar pastillas para no ver cómo su rostro se deshacía frente al espejo le resultaba innecesario. Cuando las sentía sobre la lengua, saboreaba la asfixia necesaria para la tranquilidad ajena.
La desconexión de sus preocupaciones.
Desde que veía la misma caja todas las mañanas los estímulos para posicionarse sobre el papel se habían esfumado, y las ficciones-realidades que residían en su interior sólo aparecían de noche, durante el sueño cada vez más eterno. Le habían cambiado la medicación: Ahora eran los antidepresivos los que intentaban alcanzar lo que la escritura ya no conseguía curar. Se había hecho inmune a las palabras.
Toda ella se repartía en otro cuerpo, al igual que todo aquel otro organismo se extendía en ella de forma recíproca. Ambos caminaban por la misma senda de incertidumbre, y ese otro cuerpo cuyo nombre era Mireya tenía la respuesta (que no la solución) para aquel sufrimiento compartido y único:
Sentimos la vida más que el resto.
(A mi hermana-osa-polar)
La desconexión de sus preocupaciones.
Desde que veía la misma caja todas las mañanas los estímulos para posicionarse sobre el papel se habían esfumado, y las ficciones-realidades que residían en su interior sólo aparecían de noche, durante el sueño cada vez más eterno. Le habían cambiado la medicación: Ahora eran los antidepresivos los que intentaban alcanzar lo que la escritura ya no conseguía curar. Se había hecho inmune a las palabras.
Toda ella se repartía en otro cuerpo, al igual que todo aquel otro organismo se extendía en ella de forma recíproca. Ambos caminaban por la misma senda de incertidumbre, y ese otro cuerpo cuyo nombre era Mireya tenía la respuesta (que no la solución) para aquel sufrimiento compartido y único:
Sentimos la vida más que el resto.
(A mi hermana-osa-polar)
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